lunes, 10 de agosto de 2026

¿quién pagó realmente la abolición de la esclavitud?



El llamado comercio triangular dejó enormes beneficios para las oligarquías europeas durante siglos. Más tarde, la colonización de África, América, Asia y Oceanía prolongaría, bajo otras formas, la explotación de territorios, recursos y personas.

El negocio triangular consistía, de manera simplificada, en llevar desde Europa productos manufacturados hasta las costas africanas, donde eran intercambiados por personas esclavizadas. Se calcula que alrededor de 12,5 millones de personas fueron embarcadas por la fuerza desde África hacia América durante la trata transatlántica. Cerca de 10,7 millones sobrevivieron a la travesía. Millones más murieron durante las capturas, los desplazamientos hasta la costa y como consecuencia del propio sistema esclavista.

Aquella «mercancía humana» era transportada y vendida en América. Los barcos podían regresar después a Europa cargados de productos como azúcar, algodón, tabaco, café o ron.


De aquel cruel sistema económico se beneficiaron propietarios de plantaciones y esclavistas, pero también comerciantes, navieras, aseguradoras, bancos, prestamistas, gobiernos y numerosos sectores vinculados al comercio y a las manufacturas.

Un negocio extraordinariamente lucrativo que se prolongó durante siglos.

Los beneficios obtenidos mediante la esclavitud y el comercio colonial contribuyeron a la acumulación de capital en Gran Bretaña y otras potencias europeas. En el caso británico, este proceso coincidió con otros factores decisivos —como la abundancia de carbón, las innovaciones tecnológicas, el crecimiento de los mercados y los cambios agrícolas y financieros— que hicieron posible la Revolución Industrial.

Gran Bretaña acabaría convirtiéndose en la gran potencia industrial y marítima del siglo XIX y extendiendo su imperio por enormes territorios del planeta, especialmente en Asia y África.

Pero la historia siempre encierra una enormes contradicciones.

Gran Bretaña, que había sido una de las grandes protagonistas y beneficiarias de la trata atlántica, abolió el comercio británico de esclavos en 1807. Posteriormente, su Marina dedicó importantes recursos a perseguir los barcos negreros en el Atlántico. Esta persecución también tuvo consecuencias terribles: hubo capitanes de barcos esclavistas que arrojaron personas al mar para eliminar pruebas, evitar ser capturados o reducir las consecuencias económicas de una posible intervención.

La abolición tuvo también importantes dimensiones económicas y políticas, pero sería injusto olvidar el poderoso movimiento abolicionista, las movilizaciones sociales y religiosas y, sobre todo, algo que durante demasiado tiempo se ha relegado a un segundo plano: la resistencia, las rebeliones y las comunidades cimarronas formadas por personas esclavizadas que escaparon y lucharon por su propia libertad.

A todo ello se sumaron los intereses políticos, estratégicos y económicos de una Gran Bretaña que estaba transformándose en la principal potencia industrial del mundo.

En 1833, el Parlamento británico aprobó la Slavery Abolition Act, que puso en marcha la abolición de la esclavitud en gran parte del Imperio británico.

Y aquí aparece uno de los episodios más reveladores de esta historia.

El Estado británico destinó 20 millones de libras —una cantidad gigantesca para la época, aproximadamente el 40 % del gasto anual del Gobierno— a compensar a los propietarios por la pérdida de las personas que hasta entonces habían considerado legalmente su propiedad.

El dinero fue para los esclavistas.

Las personas que habían sido esclavizadas no recibieron ninguna indemnización.

Para financiar aquella enorme operación, el Gobierno británico recurrió en 1835 a un préstamo de unos 15 millones de libras aportado por los banqueros Nathan Mayer Rothschild y Moses Montefiore, mientras que el resto se financió directamente.

Y llegamos a una fecha muy singular:

2015.

Ese año, el Gobierno británico terminó de amortizar una serie de bonos de deuda pública en los que, tras sucesivas conversiones y refinanciaciones durante casi dos siglos, se había integrado también aquella deuda histórica.

Una realidad que durante mucho tiempo permaneció prácticamente invisibilizada y que nos obliga a hacer preguntas incómodas.

El Estado británico compensó económicamente a quienes habían considerado a otros seres humanos como su propiedad, mientras que las personas esclavizadas no recibieron compensación alguna por generaciones de explotación, violencia y privación de libertad.

Y parte de aquella enorme carga financiera terminó integrada en una deuda pública que no fue definitivamente amortizada hasta 2015, hace apenas once años.

Quizá por eso, cuando hablamos hoy de migraciones, pobreza o desigualdad entre el Norte y el Sur Global, deberíamos mirar un poco más atrás.

Las desigualdades actuales no surgen de la nada.

Antes de la expansión europea iniciada a finales del siglo XV existían, por supuesto, importantes diferencias de riqueza, conflictos, imperios, migraciones y desigualdades en distintas partes del planeta. Pero aquella expansión abrió una nueva etapa de globalización que, durante los siglos siguientes, transformaría profundamente las relaciones económicas y políticas entre continentes.

Las potencias europeas provocaron y organizaron enormes movimientos forzados de personas, extracción de materias primas, esclavitud y colonialismo, contribuyendo a una extraordinaria acumulación de riqueza en una parte del mundo a costa de otras.

Y ahora, cuando llegan a las costas europeas personas procedentes del Sur Global, quizá deberíamos preguntarnos:

«¿Por qué vienen?»

Pero quizá también deberíamos hacernos otra pregunta:

¿Por qué tuvieron que marcharse tantas personas europeas a lo largo de la historia?

Y, sobre todo:

¿Qué relación existe entre aquellas historias y las desigualdades que seguimos viendo hoy?

Pero quizá nos queda la pregunta más importante:

¿Qué podemos hacer hoy para reparar tanta injusticia e iniciar un nuevo camino más humano?

JCVV - El internacionalista convencido 




viernes, 31 de julio de 2026

La Odisea Saharaui

 

En estos días de calor, mucha gente se refugiará en las salas de cine aprovechando el aire acondicionado. Muchos verán “La Odisea”, la nueva película de Christopher Nolan, que ya ha recaudado más de “700 millones de dólares” en todo el mundo.

La película fue filmada en escenarios de Italia, Grecia, Malta, Escocia, Irlanda y el Sáhara Occidental. Es en este último lugar donde quiero centrar esta peculiar odisea. Parte de la película fue rodada en Dajla, en el Sáhara Occidental: un país ocupado por Marruecos desde hace algo más de cincuenta años.

Tal vez, cuando Nolan decidió rodar allí, no tuvo en cuenta —o ni siquiera sabía— que se trataba de un país ocupado por el Reino de Marruecos y cuyo pueblo lleva medio siglo resistiendo para que se haga justicia. Nolan y su equipo de producción, en su búsqueda de rentabilidad, fueron seducidos por los estratégicos cantos de sirena marroquíes, diseñados para atraer grandes producciones internacionales y turismo, contribuyendo con ello a normalizar y legitimar la ocupación del Sáhara Occidental.

Pero ahora ya no puede decir que lo desconoce. Numerosas organizaciones y personas le han recordado que el Sáhara Occidental continúa ocupado; que el pueblo saharaui vive dividido entre la ocupación, el exilio y los campamentos de personas refugiadas en el desierto argelino; y que nadie pidió permiso a su legítimo pueblo para filmar en su tierra.

Pese a la polémica internacional que se generó con este tema, en los créditos y materiales de prensa de “La Odisea” no se nombra al Sáhara Occidental, sino a Marruecos.

Quizás, después de terminar la película, Nolan podría haber emprendido un viaje a través de los aprendizajes de la literatura homérica. Porque La Odisea no es solo una historia de aventuras; es una profunda reflexión sobre la condición humana. Tal vez, en sus próximos rodajes, decida pedir que lo aten al mástil de su navío para no sucumbir a ciertos cantos de sirena. Y quizá entonces descubra que la mayor enseñanza de Odiseo no fue vencer a sus enemigos, sino vencerse a sí mismo.

Odiseo no logra vencer porque sea el más fuerte. Vence porque aprende a contener su ego y su orgullo; porque aprende a esperar; porque utiliza la inteligencia y la estrategia antes que la fuerza; y porque comprende que la verdadera riqueza no consiste en invadir otros territorios, sino en regresar al propio.

Toda “La Odisea” gira alrededor de una idea profundamente humana: regresar a casa. Ninguna riqueza, ningún poder, ninguna promesa logra apartar a Odiseo de ese objetivo. Ítaca no es solo un espacio geográfico; representa la identidad, la memoria y la dignidad de un pueblo.

Viendo el triunfo y la recaudación de la película, es inevitable para mí pensar en el pueblo saharaui.

Un pueblo que lleva más de cincuenta años intentando regresar a su hogar. Unas personas  que han aprendido a resistir con paciencia y astucia, pese a que la palabra dada por Occidente y por las Naciones Unidas nunca tuvo el valor que merecía.

Hay otra enseñanza de Homero que me recuerda especialmente al pueblo saharaui: la hospitalidad. En la cultura griega era una ley sagrada. Acoger a quien llegaba de lejos, ofrecerle alimento, agua y protección era un deber ético. Los propios compañeros de Odiseo fueron castigados cuando olvidaron esos principios.

Hoy miles de familias saharauis siguen recibiendo con dignidad y hospitalidad a quienes visitan los campamentos de refugiadas y refugiados en el desierto argelino. Quien haya estado allí difícilmente podrá olvidar sus atenciones y la ceremonia de sus deliciosos tres tés. Quizá esa sea una de las mayores lecciones de este pueblo de origen nómada: conservar la humanidad incluso cuando la historia ha sido profundamente injusta con él.

Al final de la adaptación cinematográfica dirigida por Christopher Nolan aparece una reflexión sobre los horrores de la guerra, algo que no aparece en la obra de Homero. Tal vez, para que esas palabras no se queden solo en retórica, las personas responsables de la película podrían dedicar una parte de la millonaria recaudación a impulsar una campaña internacional que ayudara a visibilizar una de las ocupaciones más largas y olvidadas del mundo o, al menos, contribuir al desminado de parte del territorio saharaui.

Se estima que entre siete y diez millones de minas terrestres y artefactos explosivos permanecen esparcidos por el Sáhara Occidental, especialmente a lo largo de la berma, el muro militar marroquí de más de 2.700 kilómetros.

No debemos olvidar que el pueblo saharaui aceptó abandonar la lucha armada en 1991 porque Naciones Unidas y la comunidad internacional le prometieron un referéndum de autodeterminación. En 2020, tras décadas de espera, acoso e incumplimientos, el Frente Polisario dio por roto el alto el fuego.

Al pueblo saharaui se le ha exigido una paciencia infinita, mientras que al Reino de Marruecos no se le ha exigido prácticamente nada. Las y los saharauis han cumplido. Han esperado treinta años más que Penélope y mucho más que el propio Odiseo. Pero, a diferencia de ellos, siguen sin poder regresar a su hogar.

Son ya más de cincuenta años de traición, resistiendo y esperando que la comunidad internacional cumpla su palabra. Esperando un referéndum que nunca llega.

Para la mayoría de las personas que vean esta película será una tarde más de entretenimiento. Probablemente desconocerán que las arenas bañadas por el Atlántico que aparecen en la pantalla forman parte de un país ocupado por Marruecos. Y eso no es casualidad. Hay causas y pueblos que siguen siendo invisibles.

Para el pueblo saharaui, en cambio, será un recordatorio más de que su verdadera odisea continúa. De que, en demasiadas ocasiones, la realpolitik pesa más que la justicia, el derecho y la ética.

“Si veinte años de espera bastaron para convertir a Odiseo en el símbolo universal del regreso al hogar, ¿qué nombre merece un pueblo que lleva más de cincuenta esperando volver al suyo?”.


JCVV - El Internacionalista convencido 

jueves, 30 de julio de 2026

Preguntas, en una noche de calor y fuego.



Esta noche he dado muchas vueltas en la cama. No podía dormir. El calor se ha metido en nuestras casas, en las calles, en los  bosques y en nuestros cuerpos.

Mientras intentaba conciliar el sueño, no dejaba de pensar en las personas que, en estos momentos, están luchando contra los enormes incendios que asolan la península. Mujeres y hombres que arriesgan su vida para proteger a otras personas, a los animales y a la propia naturaleza.

También pensaba, en el silencio de la noche, en quienes incendian la convivencia con sus discursos de odio. Porque hay fuegos que arrasan los bosques y otros que consumen lentamente a la sociedad. Ambos son igual de peligrosos.

No podía dejar de pensar en lo importante que es el agua: para calmar la sed, para refrescar nuestros cuerpos y para apagar esos gigantescos incendios que están devorando miles de hectáreas. Y, al mismo tiempo, me preguntaba por ese 5 % del PIB que algunos quieren destinar al gasto militar. Si realmente hacen falta aviones, que sean para combatir el fuego y proteger la vida, no para hacer la guerra. Si hacen falta equipos, que sean para proteger los bosques y la biodiversidad que los habita.

Pensaba en quienes lo han perdido todo. En las personas que jamás volverán a contemplar el verde paisaje que conocían hace apenas unos días. En quienes han visto desaparecer su hogar, sus recuerdos y parte de su historia bajo las llamas.

Pensaba también en la importancia de estar preparados, unidas y unidos, ante las situaciones difíciles. Y volvía a preguntarme por esos responsables políticos que alimentan la confrontación en lugar de buscar soluciones. Resulta difícil imaginar a quienes siembran odio empuñando una manguera para sofocar un incendio. En cambio, sí puedo imaginar a miles de personas anónimas, solidarias y dispuestas, luchando codo con codo contra el fuego.

Brindo por ellas. Por quienes, de día y de noche, salen a enfrentarse a las llamas con una generosidad más grande que el mayor de los incendios. Por sus familias, que esperan con angustia su regreso. Por quienes, en cualquier momento, pueden quedar rodeados por el humo y por un fuego letal. Sus gotas de sudor refrescan nuestros corazones.

Pero apagar incendios no basta. También debemos prevenirlos.

Si cuidáramos mejor los bosques y el entorno, muchos de estos desastres podrían evitarse. Si fuéramos realmente conscientes de que nuestro modelo de vida está acelerando un cambio climático cada vez más devastador, quizá seríamos capaces de actuar antes de que sea demasiado tarde.

Mientras unas personas disfrutan de sus vacaciones, otras arriesgan su vida apagando incendios. Mientras unas buscan desesperadamente agua para contener las llamas, otras llenan piscinas sin pensar que el agua empieza a ser un bien cada vez más escaso.

Mientras unas acumulan riqueza y poder, otras derrochan compromiso y solidaridad.

Estos fuegos aterradores no pueden ser el futuro.

Los seres humanos tienen que aprender a cuidar la naturaleza como cuidamos aquello de lo que depende nuestra propia vida.

Porque, si no lo hacemos, los incendios de este verano no serán una excepción: serán el anticipo de un mundo cada vez más caliente, más seco y más difícil de habitar.

¿Seremos capaces de apagar, al mismo tiempo, los incendios de los bosques y los del odio?

¿Seremos capaces de regar la vida?


JCVV El internacionalista convencido

lunes, 20 de abril de 2026

La violencia machista: un goteo que no cesa



 Mientras los asesinatos de mujeres continúan, el consenso social sobre la igualdad se debilita. La violencia machista no es un problema puntual: es estructural y requiere una respuesta profunda desde la justicia, la educación, la cultura y la política.

 

No hay semana en la que no aparezca en las noticias un nuevo caso de violencia machista. Ni una sola.

Y cada vez que ocurre, vuelve la misma pregunta: ¿cómo cortar esta sangría feminicida?

 Se trata de un goteo cruel y constante. En lo que va de año, 16 mujeres han sido asesinadas en el Estado español, víctimas de sus parejas o exparejas, y tres menores han sido asesinados por violencia vicaria.

Mientras la violencia no cesa, curiosamente el consenso social en torno a la igualdad se debilita, especialmente entre la población más joven. Pero esto no solo ocurre aquí, ya que, según Naciones Unidas, está ocurriendo en muchas partes del mundo.

Esta violencia no es nueva. Las mujeres la han sufrido de manera estructural a lo largo de la historia. Se ha manifestado de forma sistemática y continua en el ámbito doméstico, en la guerra o, como en la Edad Media, en una persecución misógina que acusaba a las parteras y herboristas populares de brujería. Cuántas mujeres han sido invisibilizadas a lo largo de la historia; se han ocultado su fuerza, sus valores y la mayor parte de sus saberes y aportes a la humanidad. Cuántas han sido asesinadas o maltratadas.

Estos graves problemas no se pueden solucionar con parches temporales. Los problemas estructurales se abordan desde la raíz.

Y hoy existen herramientas para hacerlo. Una de ellas es la coeducación. La igualdad debe trabajarse desde que una persona llega a la familia y a la comunidad. Y, en cuanto entra en el sistema educativo, deben incorporarse de forma clara el respeto, el consentimiento y la gestión de las emociones, dentro de un ecosistema educativo verdaderamente transformador.

También son fundamentales la cultura y la comunicación, ya que ambas no solo reflejan la realidad de nuestro entorno, sino que tienen la capacidad de construirla. Es necesario desmantelar el machismo del imaginario colectivo, rompiendo estereotipos y clichés. La violencia contra las mujeres se construye, se aprende y se normaliza en el cine, la publicidad e incluso en los libros de historia y de texto. A la vez, es necesario construir nuevos imaginarios, visibilizando la percepción del mundo de las mujeres, y generar nuevos relatos que permitan la emancipación de mujeres y hombres y contribuyan al bienestar de todas las personas, independientemente de su género.

La justicia es otro pilar clave. No puede alejarse del dolor real de las víctimas. Es imprescindible evitar la revictimización. Muchas mujeres que han sufrido violencia temen el proceso judicial y desconfían del sistema.

Resulta especialmente grave que en 2026 seis de las mujeres asesinadas tuvieran agresores con órdenes de alejamiento en vigor, lo que evidencia graves fallos en la protección de las víctimas y la necesidad urgente de reforzar el sistema.

Por otra parte, está la política, herramienta esencial para avanzar hacia la igualdad de género. Sin embargo, hay quienes la utilizan en sentido contrario, negando la violencia específica contra las mujeres, calificándola de “violencia intrafamiliar” y atacando al feminismo activo, al que tildan de radical.

Este discurso también se amplifica en redes sociales, a través de corrientes como la “manosfera”, que promueven modelos de masculinidad tradicionales y reaccionarios, al tiempo que atacan al feminismo y reproducen un profundo sexismo.

Frente a ello, también hay muchas personas —mujeres, pero también hombres— que se posicionan y trabajan para contrarrestar estos discursos que niegan o minimizan la violencia machista.

El miedo sigue presente en lo cotidiano. Basta con preguntárselo a cualquier joven que vuelve sola a casa por la noche. Ese miedo constante forma parte de esta violencia estructural que debemos eliminar.

Aprovechemos las herramientas educativas, la cultura, la comunicación y la política para llevar a cabo  una ofensiva contra la desigualdad de género y contra todos los crímenes machistas.  Hoy todas las personas contamos con medios de comunicación en las manos. Es momento de pasar a la ofensiva, de romper el silencio cómplice y de transformar la sociedad.

 

¡No esperes a que el daño esté hecho para actuar!

JCVV - El Internacionalista convencido 

miércoles, 15 de abril de 2026

“La cooperación internacional en un contexto de cambio global: retos y redefinición del papel de las ONGD”

 

 Vivimos  tiempos extraños y  llenos de espectáculo,   lo que  nos lleva a repensar el papel de la cooperación internacional y  la Educación y Comunicación para la transformación social  de las ONGD.


1.  La cooperación no gubernamental un modelo con límites evidentes 

Las ONGD son un sector con un altísimo índice  de dependencia financiera  del ámbito institucional, esto provoca  que muchas ONGD sean frágiles y  que tengan poca capacidad de reacción. Para llevar a cabo  sus proyectos dependen  en su mayoría de fondos públicos,  y para conseguirlos hay que  asumir una gran complejidad burocrática y competencia, lo que genera una paradoja: un sector que debería basarse en la cooperación funciona muchas veces en clave de competencia.

Además, la necesidad constante de presentar proyectos  para poder funcionar impide en muchos casos falta de  reflexión , debate  y seguridad  o poder  acompañar procesos reales a largo plazo.

 Este modelo se reproduce también en el Sur Global, donde muchas organizaciones dependen de fondos externos, lo que limita su autonomía y las obliga a adaptarse a lógicas y ritmos  que no siempre responden a sus realidades.

 

2. El cambio de paradigma ya se ha producido.

 El mundo está inmerso en una gran competencia entre bloques, incluso más compleja que en la época de la Guerra Fría. El multilateralismo se enfrenta a una profunda crisis y la cooperación, que históricamente ha sido una herramienta de poder blando de las potencias occidentales, está cambiando.

 La cooperación internacional desde hace tiempo está perdiendo peso a nivel global. Países como Estados Unidos, Alemania o Francia han reducido significativamente sus fondos, mientras refuerzan enfoques más ligados a intereses estratégicos, económicos o de seguridad.

 Europa, además, avanza hacia una lógica de rearme que previsiblemente implicará recortes en ámbitos sociales, culturales y de cooperación.

 En Euskadi y en el Estado español estos recortes aún no se han materializado con la misma intensidad. En ambos casos, aunque por motivos distintos, se mantiene una apuesta firme por el multilateralismo y por la implementación de la Agenda 2030 y los ODS, posicionándose como actores relevantes en la defensa de un orden internacional basado en normas. Sin embargo, el contexto global apunta en una dirección contraria, y eso obliga a prepararse para el futuro cercano.

 Al mismo tiempo, emergen nuevos modelos en los que participan empresas, universidades y centros tecnológicos. Esto abre oportunidades, pero también plantea el riesgo de que la cooperación se tecnocratice o pierda su dimensión transformadora.

 

3. El papel estratégico de las ONGD

 En este nuevo escenario, las ONGD no pierden relevancia, pero su papel se redefine.

 Su valor estratégico radica en:

·     Defender el enfoque de derechos humanos como base para el Bien  Común Global

·     Generar acciones para  la igualdad de género, el empoderamiento de las mujeres y la diversidad

 ·     Incorporar una mirada crítica sobre las desigualdades y el pasado colonial

 ·     Ser garantes de una cooperación equilibrada, donde no se priorice la gestión técnica, los procedimientos y los indicadores cuantitativos frente a la transformación social, la justicia y la participación

 ·     Diseñar procesos de transformación social a largo plazo

 ·     Garantizar coherencia ética en un contexto multiactor

 ·     Impulsar alianzas horizontales con protagonismo del Sur Global y la población inmigrante

 Más que ejecutoras de proyectos, las ONGD deben ser garantes de sentido, coherencia y justicia global.

 

 4. El reto principal: la desconexión social

 El gran reto hoy no es solo la financiación, es la desconexión con la sociedad.

 Vivimos en contextos cada vez más individualistas, donde el trabajo social es poco visible (los medios de comunicación convencionales lo invisibilizan) y donde crecen discursos de extrema derecha, desinterés por la  política y pérdida de sentido colectivo.

 No tiene sentido impulsar procesos en el Sur Global si en nuestras propias sociedades no somos capaces de generar conciencia, comunidad y compromiso, ni de asumir nuestra responsabilidad en las causas estructurales que generan esas desigualdades Norte/Sur.

  

5. Educación, comunicación y tejido social

 Por eso, el reto central está en la educación y la comunicación para la transformación social.

  Esto implica:

 ·       Generar redes entre ONGD, movimientos sociales y tercer sector

 ·       Construir comunidad y visibilidad

 ·       Conectar con la ciudadanía, especialmente con la juventud

 ·       Trabajar los imaginarios, discursos y narrativas

  Algo muy importante para el cambio social es incorporar de manera activa a la población migrante. Las personas migradas conectan de forma directa lo local y lo global; su experiencia y su vinculación con el Sur Global son de gran valor. No integrarlas en la construcción de comunidad aquí sería una incoherencia.

  La presión política no se genera solo desde lo institucional.

 Se genera también en la sociedad, en la calle y en la opinión pública.

 

 6. Un contexto global cada vez más complejo

 El sistema internacional  esta en plena metamorfosis y atraviesa  un  gran momento de incertidumbre.

 En 2025, la ayuda al desarrollo a nivel global ha sufrido la mayor caída de su historia, alejándose del compromiso del 0,7 % propuesto en los años 70 por Naciones Unidas. Al mismo tiempo, el gasto militar mundial alcanza cifras récord, mientras que el número de personas forzadas a huir de sus países es el más alto desde la Segunda Guerra Mundial.

 Los conflictos armados aumentan, el sistema multilateral se debilita y los avances en los Objetivos de Desarrollo Sostenible son totalmente insuficientes.

 Nos encontramos ante una contradicción clara:

menos cooperación y más militarización.

  

7. Una propuesta: estrategia de transformación social de baja intensidad

Ante este escenario, propongo avanzar hacia lo que denomino una estrategia de transformación social de baja intensidad, basada en:

 ·     Generar alianzas amplias

 ·     Construir legitimidad social

 ·     Activar cambios desde dentro y desde abajo

 ·     Combinar incidencia política, trabajo técnico y movilización social

 Esto implica preguntarnos:

·     Quiénes somos

 ·     Qué queremos

 ·     Con quién queremos trabajar

 ·     Cómo queremos incidir

 No se trata de hacer mejor lo que ya hacemos.

Se trata de hacer algo distinto.

 

8. Conectar con las nuevas generaciones y recuperar la experiencia de las personas mayores

 Uno de los grandes desafíos es la relación con la juventud.

 Están surgiendo nuevas formas de organización, muchas veces alejadas de las ONGD tradicionales. Es necesario entender:

 ·     Qué les motiva

 ·     Qué lenguajes utilizan

 ·     Cómo generar conexión real

 Sin esa conexión, la cooperación pierde base social y capacidad de transformación.

 Por otra parte, no se puede perder la experiencia de las personas mayores: una generación que conoció la lucha contra la dictadura franquista y que ha defendido derechos durante décadas. Acumulan una gran experiencia y compromiso.

 De hecho, plataformas como el movimiento contra la guerra, el apoyo a Palestina o iniciativas como Ongi Etorri Errefuxiatuak se nutren en gran medida de este sector.

 

9. Cooperación desde lo local

 Si una organización quiere trabajar en cooperación internacional, debe asumir que una parte fundamental de su trabajo se desarrolla aquí:

 ·     En la educación

 ·     En la cultura

 ·     En la comunicación

 ·     En la generación de conciencia

 Porque muchos de los problemas del Sur Global tienen su origen en el modelo económico y social del Norte.

 El cambio social no empieza en los proyectos.

Empieza en lo que pensamos, sentimos, imaginamos y hacemos.

 

10. El papel de la sociedad civil

 En esta coyuntura, el papel de la sociedad civil es más necesario que nunca.

 Las ONGD deben seguir siendo actores clave, pero en alianza con movimientos sociales, ciudadanía y otros agentes comprometidos con la justicia social.

No se trata solo de ejecutar o apoyar proyectos, sino de:

 ·     Fortalecer capacidades

 ·     Generar pensamiento crítico

 ·     Construir comunidad

 ·     Impulsar una ciudadanía activa

 En tiempos de crisis, la cooperación, la solidaridad, la empatía y el compromiso son fundamentales para que nadie se quede atrás.

  Por ello, es fundamental saber quiénes somos, hacia dónde queremos ir y con quién queremos hacerlo.

 Y, sobre todo, seguir tejiendo redes.

 Porque son esas redes —muchas veces invisibles— las que sostienen la esperanza y hacen posible avanzar hacia un mundo más justo y equitativo.

 Para terminar, me gusta usar una metáfora.

 No es lo mismo subir al Pagasarri que al Aneto.

 Para el Pagasarri basta con calzado cómodo, algo de comida y poco más. Es un recorrido accesible, sin grandes riesgos.

 El Aneto, en cambio, exige preparación, estrategia, equipo, planificación, conocimiento del terreno y trabajo en grupo.

 La cooperación, y también la educación y la comunicación para la transformación social, hoy se parecen más al Aneto que al Pagasarri.

 No basta con buena voluntad.

Hace falta estrategia, preparación, visión y compromiso social y político.

 Y hay algo igual de importante: no solo importa el objetivo final, sino también el camino.

 Como en las salidas al monte: no solo se disfruta la cima, sino también el recorrido, la compañía y la experiencia compartida.

 Espero que estos aportes sirvan para avanzar en esa dirección.


JCVV – El Internacionalista Convencido


miércoles, 8 de abril de 2026

ALZA TU VOZ FRENTE A LA BARBARIE

,
Celebro el respiro que puede dar cualquier alto el fuego.

Pero me preocupa una tregua con tipos como Netanyahu o Trump; ambos han demostrado con creces que no tienen ética y que no son de fiar.

En vez de estar mirando el precio del barril de petróleo, el gas o las bolsas, deberíamos estar pensando hacia dónde nos llevan las actitudes y acciones de este tipo de dirigentes.

Echo de menos unas Naciones Unidas donde los países actúen con coherencia y respondan cuando un país miembro afirma que va a destruir una civilización entera, enviándola a la Edad de Piedra..

Echo de menos que no tomemos las calles para romper el silencio cómplice, que permite que la población civil sea la mayoría de las víctimas de las guerras.

¿Cómo se pueden permitir tantas brutalidades juntas? Groenlandia, Venezuela, Cuba, Gaza, Cisjordania, Líbano, Irán…

Si Núremberg, pese a sus imperfecciones e intereses, sirvió para juzgar al nazismo, ¿quién juzgará a estos nuevos criminales de guerra que actúan con total impunidad?

¿Qué más tiene que ocurrir para exigir una ruptura con estos países?

Cuando un presidente amenaza con destruir una civilización, amenaza a toda la humanidad. No podemos mirar hacia otro lado. Permitiendo estas actitudes, ¿qué estamos enseñando a las nuevas generaciones?

Sinceramente, con tipos como Trump y Netanyahu no creo en treguas ni en sus intenciones.

Solo dejarán de matar cuando sus intereses estén cubiertos; para entonces, quizá ya estén solos.

Conmigo, que no cuenten.

JCVV - El Internacionalista convencido 

sábado, 28 de marzo de 2026

Deberíamos tener el derecho a marcharnos de manera digna.

 No podemos decidir cuándo venimos al mundo, pero deberíamos tener el derecho a marcharnos de manera digna y cuando nos dé la gana.


Hace unos días, por fin pudo partir Noelia Castillo Ramos. Pero su partida ha sido larga, ya que ha tenido que esperar 20 meses para recibir la eutanasia.


Adiós, Noelia. Te hemos fallado como sociedad. Tuviste una infancia complicada en una familia desestructurada; sufriste un desahucio, varios abusos incluso perpetrados por personas cercanas, entre ellos una agresión sexual múltiple. Estuviste ingresada en un hospital psiquiátrico y sufriste varios intentos de suicidio. Como consecuencia de uno de ellos, tu vida se complicó aún más, perdiendo prácticamente la movilidad y quedando con terribles dolores. 


Un destino duro, muy duro para alguien tan joven.


Pese a todo lo que has sufrido, eras una mujer fuerte. Has sido capaz de librar una batalla legal durante casi dos años para poder recibir la eutanasia. No pretendías ser un ejemplo para nadie, pero lo has sido; tú tan solo querías morir con dignidad y, sobre todo, descansar de un mundo que lo único que te ofrecía era dolor y sufrimiento.


Y al final, por fin viste una luz. Pese a la oposición permanente de tu padre y sus asesores ultraortodoxos, el tribunal europeo reconoció que la eutanasia podía aplicarse y, con ello, por fin se abrió la puerta de tu libertad.

Ahora ya eres polvo de estrellas, y quizás te encuentres algún día con tu abuela, como era tu deseo.


En una sociedad ética y coherente no se puede obligar a nadie a hacer lo que no quiere.


Adiós, Noelia, un brindis por la libertad.

¿quién pagó realmente la abolición de la esclavitud?

El llamado comercio triangular dejó enormes beneficios para las oligarquías europeas durante siglos. Más tarde, la colonización ...