En estos días de calor, mucha gente se refugiará en las salas de cine aprovechando el aire acondicionado. Muchos verán “La Odisea”, la nueva película de Christopher Nolan, que ya ha recaudado más de “700 millones de dólares” en todo el mundo.
La película fue filmada en escenarios de Italia, Grecia, Malta, Escocia, Irlanda y el Sáhara Occidental. Es en este último lugar donde quiero centrar esta peculiar odisea. Parte de la película fue rodada en Dajla, en el Sáhara Occidental: un país ocupado por Marruecos desde hace algo más de cincuenta años.
Tal vez, cuando Nolan decidió rodar allí, no tuvo en cuenta —o ni siquiera sabía— que se trataba de un país ocupado por el Reino de Marruecos y cuyo pueblo lleva medio siglo resistiendo para que se haga justicia. Nolan y su equipo de producción, en su búsqueda de rentabilidad, fueron seducidos por los estratégicos cantos de sirena marroquíes, diseñados para atraer grandes producciones internacionales y turismo, contribuyendo con ello a normalizar y legitimar la ocupación del Sáhara Occidental.
Pero ahora ya no puede decir que lo desconoce. Numerosas organizaciones y personas le han recordado que el Sáhara Occidental continúa ocupado; que el pueblo saharaui vive dividido entre la ocupación, el exilio y los campamentos de personas refugiadas en el desierto argelino; y que nadie pidió permiso a su legítimo pueblo para filmar en su tierra.
Pese a la polémica internacional que se generó con este tema, en los créditos y materiales de prensa de “La Odisea” no se nombra al Sáhara Occidental, sino a Marruecos.
Quizás, después de terminar la película, Nolan podría haber emprendido un viaje a través de los aprendizajes de la literatura homérica. Porque La Odisea no es solo una historia de aventuras; es una profunda reflexión sobre la condición humana. Tal vez, en sus próximos rodajes, decida pedir que lo aten al mástil de su navío para no sucumbir a ciertos cantos de sirena. Y quizá entonces descubra que la mayor enseñanza de Odiseo no fue vencer a sus enemigos, sino vencerse a sí mismo.
Odiseo no logra vencer porque sea el más fuerte. Vence porque aprende a contener su ego y su orgullo; porque aprende a esperar; porque utiliza la inteligencia y la estrategia antes que la fuerza; y porque comprende que la verdadera riqueza no consiste en invadir otros territorios, sino en regresar al propio.
Toda “La Odisea” gira alrededor de una idea profundamente humana: regresar a casa. Ninguna riqueza, ningún poder, ninguna promesa logra apartar a Odiseo de ese objetivo. Ítaca no es solo un espacio geográfico; representa la identidad, la memoria y la dignidad de un pueblo.
Viendo el triunfo y la recaudación de la película, es inevitable para mí pensar en el pueblo saharaui.
Un pueblo que lleva más de cincuenta años intentando regresar a su hogar. Unas personas que han aprendido a resistir con paciencia y astucia, pese a que la palabra dada por Occidente y por las Naciones Unidas nunca tuvo el valor que merecía.
Hay otra enseñanza de Homero que me recuerda especialmente al pueblo saharaui: la hospitalidad. En la cultura griega era una ley sagrada. Acoger a quien llegaba de lejos, ofrecerle alimento, agua y protección era un deber ético. Los propios compañeros de Odiseo fueron castigados cuando olvidaron esos principios.
Hoy miles de familias saharauis siguen recibiendo con dignidad y hospitalidad a quienes visitan los campamentos de refugiadas y refugiados en el desierto argelino. Quien haya estado allí difícilmente podrá olvidar sus atenciones y la ceremonia de sus deliciosos tres tés. Quizá esa sea una de las mayores lecciones de este pueblo de origen nómada: conservar la humanidad incluso cuando la historia ha sido profundamente injusta con él.
Al final de la adaptación cinematográfica dirigida por Christopher Nolan aparece una reflexión sobre los horrores de la guerra, algo que no aparece en la obra de Homero. Tal vez, para que esas palabras no se queden solo en retórica, las personas responsables de la película podrían dedicar una parte de la millonaria recaudación a impulsar una campaña internacional que ayudara a visibilizar una de las ocupaciones más largas y olvidadas del mundo o, al menos, contribuir al desminado de parte del territorio saharaui.
Se estima que entre siete y diez millones de minas terrestres y artefactos explosivos permanecen esparcidos por el Sáhara Occidental, especialmente a lo largo de la berma, el muro militar marroquí de más de 2.700 kilómetros.
No debemos olvidar que el pueblo saharaui aceptó abandonar la lucha armada en 1991 porque Naciones Unidas y la comunidad internacional le prometieron un referéndum de autodeterminación. En 2020, tras décadas de espera, acoso e incumplimientos, el Frente Polisario dio por roto el alto el fuego.
Al pueblo saharaui se le ha exigido una paciencia infinita, mientras que al Reino de Marruecos no se le ha exigido prácticamente nada. Las y los saharauis han cumplido. Han esperado treinta años más que Penélope y mucho más que el propio Odiseo. Pero, a diferencia de ellos, siguen sin poder regresar a su hogar.
Son ya más de cincuenta años de traición, resistiendo y esperando que la comunidad internacional cumpla su palabra. Esperando un referéndum que nunca llega.
Para la mayoría de las personas que vean esta película será una tarde más de entretenimiento. Probablemente desconocerán que las arenas bañadas por el Atlántico que aparecen en la pantalla forman parte de un país ocupado por Marruecos. Y eso no es casualidad. Hay causas y pueblos que siguen siendo invisibles.
Para el pueblo saharaui, en cambio, será un recordatorio más de que su verdadera odisea continúa. De que, en demasiadas ocasiones, la realpolitik pesa más que la justicia, el derecho y la ética.
“Si veinte años de espera bastaron para convertir a Odiseo en el símbolo universal del regreso al hogar, ¿qué nombre merece un pueblo que lleva más de cincuenta esperando volver al suyo?”.
JCVV - El Internacionalista convencido
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