jueves, 30 de julio de 2026

Preguntas, en una noche de calor y fuego.



Esta noche he dado muchas vueltas en la cama. No podía dormir. El calor se ha metido en nuestras casas, en las calles, en los  bosques y en nuestros cuerpos.

Mientras intentaba conciliar el sueño, no dejaba de pensar en las personas que, en estos momentos, están luchando contra los enormes incendios que asolan la península. Mujeres y hombres que arriesgan su vida para proteger a otras personas, a los animales y a la propia naturaleza.

También pensaba, en el silencio de la noche, en quienes incendian la convivencia con sus discursos de odio. Porque hay fuegos que arrasan los bosques y otros que consumen lentamente a la sociedad. Ambos son igual de peligrosos.

No podía dejar de pensar en lo importante que es el agua: para calmar la sed, para refrescar nuestros cuerpos y para apagar esos gigantescos incendios que están devorando miles de hectáreas. Y, al mismo tiempo, me preguntaba por ese 5 % del PIB que algunos quieren destinar al gasto militar. Si realmente hacen falta aviones, que sean para combatir el fuego y proteger la vida, no para hacer la guerra. Si hacen falta equipos, que sean para proteger los bosques y la biodiversidad que los habita.

Pensaba en quienes lo han perdido todo. En las personas que jamás volverán a contemplar el verde paisaje que conocían hace apenas unos días. En quienes han visto desaparecer su hogar, sus recuerdos y parte de su historia bajo las llamas.

Pensaba también en la importancia de estar preparados, unidas y unidos, ante las situaciones difíciles. Y volvía a preguntarme por esos responsables políticos que alimentan la confrontación en lugar de buscar soluciones. Resulta difícil imaginar a quienes siembran odio empuñando una manguera para sofocar un incendio. En cambio, sí puedo imaginar a miles de personas anónimas, solidarias y dispuestas, luchando codo con codo contra el fuego.

Brindo por ellas. Por quienes, de día y de noche, salen a enfrentarse a las llamas con una generosidad más grande que el mayor de los incendios. Por sus familias, que esperan con angustia su regreso. Por quienes, en cualquier momento, pueden quedar rodeados por el humo y por un fuego letal. Sus gotas de sudor refrescan nuestros corazones.

Pero apagar incendios no basta. También debemos prevenirlos.

Si cuidáramos mejor los bosques y el entorno, muchos de estos desastres podrían evitarse. Si fuéramos realmente conscientes de que nuestro modelo de vida está acelerando un cambio climático cada vez más devastador, quizá seríamos capaces de actuar antes de que sea demasiado tarde.

Mientras unas personas disfrutan de sus vacaciones, otras arriesgan su vida apagando incendios. Mientras unas buscan desesperadamente agua para contener las llamas, otras llenan piscinas sin pensar que el agua empieza a ser un bien cada vez más escaso.

Mientras unas acumulan riqueza y poder, otras derrochan compromiso y solidaridad.

Estos fuegos aterradores no pueden ser el futuro.

Los seres humanos tienen que aprender a cuidar la naturaleza como cuidamos aquello de lo que depende nuestra propia vida.

Porque, si no lo hacemos, los incendios de este verano no serán una excepción: serán el anticipo de un mundo cada vez más caliente, más seco y más difícil de habitar.

¿Seremos capaces de apagar, al mismo tiempo, los incendios de los bosques y los del odio?

¿Seremos capaces de regar la vida?


JCVV El internacionalista convencido

1 comentario:

  1. Juan Carlos, tú reflexión me ha hecho pensar en la idea de que cuidar siempre es más difícil que reparar.
    Los incendios nos conmueven porque muestran, de forma brutal, nuestra vulnerabilidad. Nos recuerdan que la naturaleza no es un escenario sobre el que vivimos, sino la condición misma de nuestra existencia. Cuando el bosque arde, no solo desaparecen árboles; desaparece una parte del mundo que hace posible nuestra propia vida.
    Pero quizá esa misma lógica sirve también para la convivencia. Solemos pensar que el odio nace de unas palabras, de un discurso o de un gesto. Sin embargo, como ocurre con los incendios forestales, casi nunca hay una única chispa. Antes suele haber sequía, lo que podría ser la desconfianza, el miedo, la desigualdad, la soledad, la falta de reconocimiento…. La chispa importa, pero el terreno que la hace propagarse importa aún más.
    Por eso creo que la respuesta no puede consistir únicamente en condenar el odio, del mismo modo que la política ambiental no puede limitarse a apagar incendios. La verdadera tarea consiste en cuidar el terreno, en fortalecer los vínculos, crear instituciones justas, educar en el respeto, proteger el patrimonio natural y también el patrimonio humano de una sociedad.
    Hay una paradoja en todo esto. Solemos admirar el heroísmo de quienes apagan incendios, y con razón. Pero casi nunca prestamos la misma atención a quienes, silenciosamente, dedican años a prevenirlos. Sin embargo, una sociedad madura debería valorar tanto a quien salva vidas en una emergencia como a quien evita que la emergencia llegue a producirse.
    Quizá el cuidado sea una de las formas más profundas de inteligencia política. Porque cuidar significa reconocer que dependemos unos de otros y también del mundo que habitamos. No es una actitud sentimental, sino una forma de entender la libertad ya que nadie puede ser verdaderamente libre sobre una tierra devastada o en una sociedad fracturada.
    Ojalá seamos capaces de apagar los incendios. Pero, sobre todo, ojalá aprendamos a vivir de una manera que haga cada vez menos necesarios los héroes.
    Gracias a los que a través del 🐈‍⬛ hacéis que la cultura apague incendios, no con agua, pero si con pensamiento, con empatía y con la capacidad de mirar el mundo a través de los ojos de otras personas.
    Un abrazo!!

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