El llamado comercio triangular dejó enormes beneficios para las oligarquías europeas durante siglos. Más tarde, la colonización de África, América, Asia y Oceanía prolongaría, bajo otras formas, la explotación de territorios, recursos y personas.
El negocio triangular consistía, de manera simplificada, en llevar desde Europa productos manufacturados hasta las costas africanas, donde eran intercambiados por personas esclavizadas. Se calcula que alrededor de 12,5 millones de personas fueron embarcadas por la fuerza desde África hacia América durante la trata transatlántica. Cerca de 10,7 millones sobrevivieron a la travesía. Millones más murieron durante las capturas, los desplazamientos hasta la costa y como consecuencia del propio sistema esclavista.
Aquella «mercancía humana» era transportada y vendida en América. Los barcos podían regresar después a Europa cargados de productos como azúcar, algodón, tabaco, café o ron.
De aquel cruel sistema económico se beneficiaron propietarios de plantaciones y esclavistas, pero también comerciantes, navieras, aseguradoras, bancos, prestamistas, gobiernos y numerosos sectores vinculados al comercio y a las manufacturas.
Un negocio extraordinariamente lucrativo que se prolongó durante siglos.
Los beneficios obtenidos mediante la esclavitud y el comercio colonial contribuyeron a la acumulación de capital en Gran Bretaña y otras potencias europeas. En el caso británico, este proceso coincidió con otros factores decisivos —como la abundancia de carbón, las innovaciones tecnológicas, el crecimiento de los mercados y los cambios agrícolas y financieros— que hicieron posible la Revolución Industrial.
Gran Bretaña acabaría convirtiéndose en la gran potencia industrial y marítima del siglo XIX y extendiendo su imperio por enormes territorios del planeta, especialmente en Asia y África.
Pero la historia siempre encierra una enormes contradicciones.
Gran Bretaña, que había sido una de las grandes protagonistas y beneficiarias de la trata atlántica, abolió el comercio británico de esclavos en 1807. Posteriormente, su Marina dedicó importantes recursos a perseguir los barcos negreros en el Atlántico. Esta persecución también tuvo consecuencias terribles: hubo capitanes de barcos esclavistas que arrojaron personas al mar para eliminar pruebas, evitar ser capturados o reducir las consecuencias económicas de una posible intervención.
La abolición tuvo también importantes dimensiones económicas y políticas, pero sería injusto olvidar el poderoso movimiento abolicionista, las movilizaciones sociales y religiosas y, sobre todo, algo que durante demasiado tiempo se ha relegado a un segundo plano: la resistencia, las rebeliones y las comunidades cimarronas formadas por personas esclavizadas que escaparon y lucharon por su propia libertad.
A todo ello se sumaron los intereses políticos, estratégicos y económicos de una Gran Bretaña que estaba transformándose en la principal potencia industrial del mundo.
En 1833, el Parlamento británico aprobó la Slavery Abolition Act, que puso en marcha la abolición de la esclavitud en gran parte del Imperio británico.
Y aquí aparece uno de los episodios más reveladores de esta historia.
El Estado británico destinó 20 millones de libras —una cantidad gigantesca para la época, aproximadamente el 40 % del gasto anual del Gobierno— a compensar a los propietarios por la pérdida de las personas que hasta entonces habían considerado legalmente su propiedad.
El dinero fue para los esclavistas.
Las personas que habían sido esclavizadas no recibieron ninguna indemnización.
Para financiar aquella enorme operación, el Gobierno británico recurrió en 1835 a un préstamo de unos 15 millones de libras aportado por los banqueros Nathan Mayer Rothschild y Moses Montefiore, mientras que el resto se financió directamente.
Y llegamos a una fecha muy singular:
2015.
Ese año, el Gobierno británico terminó de amortizar una serie de bonos de deuda pública en los que, tras sucesivas conversiones y refinanciaciones durante casi dos siglos, se había integrado también aquella deuda histórica.
Una realidad que durante mucho tiempo permaneció prácticamente invisibilizada y que nos obliga a hacer preguntas incómodas.
El Estado británico compensó económicamente a quienes habían considerado a otros seres humanos como su propiedad, mientras que las personas esclavizadas no recibieron compensación alguna por generaciones de explotación, violencia y privación de libertad.
Y parte de aquella enorme carga financiera terminó integrada en una deuda pública que no fue definitivamente amortizada hasta 2015, hace apenas once años.
Quizá por eso, cuando hablamos hoy de migraciones, pobreza o desigualdad entre el Norte y el Sur Global, deberíamos mirar un poco más atrás.
Las desigualdades actuales no surgen de la nada.
Antes de la expansión europea iniciada a finales del siglo XV existían, por supuesto, importantes diferencias de riqueza, conflictos, imperios, migraciones y desigualdades en distintas partes del planeta. Pero aquella expansión abrió una nueva etapa de globalización que, durante los siglos siguientes, transformaría profundamente las relaciones económicas y políticas entre continentes.
Las potencias europeas provocaron y organizaron enormes movimientos forzados de personas, extracción de materias primas, esclavitud y colonialismo, contribuyendo a una extraordinaria acumulación de riqueza en una parte del mundo a costa de otras.
Y ahora, cuando llegan a las costas europeas personas procedentes del Sur Global, quizá deberíamos preguntarnos:
«¿Por qué vienen?»
Pero quizá también deberíamos hacernos otra pregunta:
¿Por qué tuvieron que marcharse tantas personas europeas a lo largo de la historia?
Y, sobre todo:
¿Qué relación existe entre aquellas historias y las desigualdades que seguimos viendo hoy?
Pero quizá nos queda la pregunta más importante:
¿Qué podemos hacer hoy para reparar tanta injusticia e iniciar un nuevo camino más humano?
JCVV - El internacionalista convencido