domingo, 8 de febrero de 2026

Pequeñas luces que, juntas, alumbran el camino.

 

TEJER REDES PARA TRANSFORMAR

DE LA DESMOTIVACIÓN A LA ESPERANZA COMPARTIDA

 

1. Introducción: redes invisibles que nos sostienen

Vivimos tiempos convulsos. El imperialismo vuelve a estar en boga, y de una manera más descarnada de lo que podíamos imaginar; hoy, incluso, el propio Hollywood no lo habría hecho mejor.

Estados Unidos ha movido el tablero de la geopolítica mundial para imponer nuevas reglas, mientras una Europa dividida y profundamente neoliberal parece resignada a seguirle. La gigante China aguanta el órdago, pero otros países con menos recursos observan con cautela los movimientos del emperador y su guardia pretoriana. Incluso a los más rebeldes no les queda otra que entablar relaciones con el déspota.

Los tambores de guerra no dejan de sonar, el gasto en armamento se dispara y todo parece indicar que el mundo avanza desbocado hacia un lugar incierto, tanto en el plano geopolítico como en el ambiental.

Hoy da la sensación de que todo se ha roto, de que no hay solución ante esta inmensidad. La banalidad del mal se ha vuelto cotidiana. El mundo se despierta cada día esperando un nuevo espectáculo, ya sea provocado por las terribles consecuencias del cambio climático o por los caprichos del emperador.

Parece que no hay alternativas para construir un mundo nuevo, que nada tiene remedio y que, casi sin darnos cuenta, vamos dejando atrás la rebeldía necesaria para liberar al mundo de una clase déspota, poderosa y preponte que se siente libre para hacer lo que le viene en gana. Con los archivos del pederasta Jeffrey Epstein ha quedado bien claro que la oligarquía mundial vive impregnada de corrupción e impunidad, pero también que este tipo de personas habitan un mundo paralelo al resto de la sociedad.

Las redes que dicen ser sociales y la política de la confrontación permanente se encargan de anular el pensamiento crítico. Vivimos tiempos de un imperialismo renovado y creciente, de una profunda devaluación de la política, donde parece que solo los más brutos y poderosos pueden tomar decisiones. Trump apoya descaradamente a presidentes en América Latina, con sus palabras hace campaña política en Europa, mientras personajes como Elon Musk, sin ningún rubor, apoyan a la extrema derecha en el mundo entero.

En este desconcierto, una parte de la sociedad se encoge de hombros; otra discute acaloradamente a golpe de titulares espectaculares o de rápidos scrolls en el teléfono móvil; otra parte vive confundida, siente un cansancio colectivo; y muchas personas comprometidas sufren una profunda frustración por tanta impunidad incomprensible.

Las acciones del imperio nos desconciertan y las plutocracias tecnológicas nos distraen, alimentando nuestro ego y narcisismo a través de sus macabros algoritmos o entreteniéndonos con series que nos hacen sentir parte de su elenco. El resultado es una sociedad aislada, atomizada en un mundo etéreo, desarticulada como cuerpo colectivo. La sociedad occidental —y cada vez más la del Sur Global— transita entre “amistades” y “realidades” virtuales, dependiente de estados de ánimo fabricados como avatares, alejados de nuestras mentes y carentes de espíritu, que nos distancian del sentimiento comunitario real.

Y sin embargo, debajo del ruido siguen existiendo otras redes invisibles: redes tejidas con afectos, esperanza y compromiso; redes que sostienen las causas por el bien común global y que, aunque muchas veces no se vean, siguen ahí. Están en las asociaciones vecinales que cuidan la convivencia en los barrios; en los grupos de apoyo mutuo y solidaridad; en el profesorado que educa más allá del currículo; en las personas voluntarias que acompañan a quienes llegan de otras tierras; en las redes de economía circular; en los colectivos culturales que generan pensamiento crítico; en quienes trabajan en la cooperación; en quienes hacen política con ética; y en todas esas personas que, de manera invisible, sostienen lo común día a día.

No sé si es casualidad o no, pero en nuestro entorno más cercano destacan redes de personas de cierta edad que parecen más inmunes a estas dinámicas tecnológicas y mantienen un pensamiento colectivo: personas mayores que ya no dependen de un salario para vivir y que vivieron épocas de ilusión y rebeldía —la muerte del dictador  Franco, la llegada de la democracia, el auge del movimiento feminista, la lucha contra la central nuclear de Lemóniz, la revolución nicaragüense, la teología de la liberación, la insumisión y la objeción de conciencia—. Personas que pudieron comprobar la fuerza transformadora de la desobediencia civil frente a la injusticia.

Estas personas han sido clave en plataformas de apoyo a personas migrantes, en movilizaciones para denunciar el genocidio del pueblo palestino y en la defensa constante de pensiones dignas y del blindaje del sistema público. Me cuesta entender que una parte de la juventud no se movilice por estas reivindicaciones que, en un futuro más cercano de lo que creen, también les afectarán. Más aún cuando muchas y muchos jóvenes dependen hoy del apoyo económico de sus mayores.

Pero no siempre ha sido así. Ahí está la memoria de mayo del 68 en Francia, cuando el país quedó paralizado por la unión de jóvenes, obreras y obreros  para enfrentarse al orden tradicional, la guerra de Vietnam y el autoritarismo. Juntos fueron capaces de organizarse y de cuestionar un futuro laboral y vital que se les imponía.

Hubo un tiempo en el que la minería y la industrialización, que empleaban a decenas de miles de trabajadoras y trabajadores, facilitaron la organización y consolidación del movimiento sindical como respuesta a condiciones laborales durísimas. Hubo un tiempo en que personas religiosas comprometidas predicaban en la trastienda de sus parroquias que los últimos tenían derecho a ser los primeros, contribuyendo de manera decisiva a generar tejido social y grupos comunitarios.

Eran épocas de vida en la calle y de relaciones cercanas, donde sindicatos y partidos políticos actuaban como espacios de participación política, vínculo social y construcción de valores colectivos. Hoy, todo ese tejido se ha debilitado: los partidos se han vuelto más electoralistas que comunitarios y los sindicatos atraviesan una profunda crisis de representación a nivel global.

Hubo también un tiempo en que las universidades estaban atravesadas por el compromiso público, con debates políticos orientados a la transformación social, convirtiéndose en espacios críticos para el cambio.

En un tiempo aún más cercano, miles de jóvenes “indignados” acamparon en plazas públicas, impulsando de manera transversal asambleas en las que exigían a la política una democracia real y participativa, llegando tan lejos que tuvieron mucho que ver con el fin del bipartidismo en España.

¿Y cómo se consiguen cambios como estos? Con diálogo, tejiendo redes y, por supuesto, teniendo en cuenta la diversidad y las distintas formas de ver las cosas; dejando a un lado matices secundarios y centrándose en un objetivo común consensuado.

Recuerdo con cariño —y digo con cariño y no con nostalgia, porque mi ilusión está en el futuro y no en el pasado— cuando la vida se hacía en el barrio, un espacio seguro donde todas y todos nos conocíamos, sabíamos el nombre de nuestras vecinas y vecinos y existía una solidaridad que a veces se camuflaba en un kilo de azúcar o un litro de aceite. Los barrios siguen ahí, pero las personas hemos cambiado o estamos entretenidas en un aislamiento digital profundamente individualista.

Las pocas niñas y niños que hay ya no juegan solos en las calles; la gente mayor que vivió esos espacios colectivos se va marchando poco a poco; todo el mundo vive deprisa y ni siquiera tenemos tiempo para gestionar la nueva interculturalidad que se está dando en nuestros pueblos.

Hoy, los juguetes tecnológicos —útiles para personas adultas, jóvenes, niñas y niños— nos preparan más para el individualismo que para la vida colectiva. Por eso es más necesario que nunca dedicar tiempo a tejer vínculos y alianzas humanas con compromiso social, antes de que la tecnología o los propios tecnócratas lo decidan todo por nosotras y nosotros.

 

2. Un mundo desmotivado, pero con necesidad de sentido

Vivimos en una sociedad cansada, desmotivada y, en ocasiones, deprimida. Muchas personas sienten que nada cambia, que todo está decidido desde el poder. Soñamos con transformaciones imposibles en soledad, mientras el capitalismo fracasa crisis tras crisis, sosteniéndose sobre la explotación y la especulación sin asumir responsabilidades por sus propios fracasos.

Transformar la economía es imprescindible para el cambio social, pero no estamos educados para ello. Es como luchar contra el cambio climático: eliminar los combustibles fósiles implica confrontar intereses situados en el corazón del poder global, y eso no lo van a permitir fácilmente.

Mientras tanto, normalizamos lo intolerable: los asesinatos de mujeres, las muertes de personas migrantes en tránsito, el sufrimiento del pueblo palestino, la guerra en Sudán y en tantos otros lugares. Al mismo tiempo, los discursos de odio intentan confundir a la opinión pública para que la ciudadanía no sepa reconocer todo lo que la migración aporta a nuestras sociedades.

Ante este panorama solo hay dos opciones: resignarnos… o reencontrar el sentido colectivo del cambio.

Los grandes retos globales —desigualdad, exclusión, crisis climática, guerras, migraciones— solo pueden afrontarse si los conectamos con lo cotidiano: con nuestras acciones, nuestros barrios, nuestras pequeñas victorias y nuestra capacidad de movilización y presión ciudadana.

Ganar la liga es casi imposible; la liga, ya lo sabemos, es para los poderosos. Pero se pueden ganar copas, meter goles, celebrarlos y rodearse de una buena hinchada que haga ruido. Y, sobre todo, disfrutar de esos triunfos compartidos. No hay nada que desconcierte más al poder que nuestra alegría.

Hay que generar acciones y redes con astucia, estrategia y elegancia. Cada cual elige sus herramientas; en mi caso, elegí la cultura y la comunicación porque son capaces de generar emociones, y las emociones son siempre el primer paso de cualquier transformación social. Pero hay muchas otras formas que también debemos explorar.

No se trata de negar las diferencias, sino de fortalecer aquello que nos entrelaza en torno a un propósito común: el bien común global. Redes vivas, donde cada nodo aporta algo distinto —recursos, ideas, tiempo, espacios—, pero donde todas las personas comparten un mismo horizonte: hacer visible lo invisible y emocionar para transformar.

 

3. La metáfora de la gata negra

Érase una vez una gata negra.

No tenía poder, ni fuerza, ni ejército.

Pero tenía algo mucho más importante: inteligencia, paciencia y sigilo.

Convenció al granjero de dejarla entrar al caserío con una excusa sencilla:

«Cazaré ratones y espantaré zorros y comadrejas», le dijo.

Y así entró.

Pero cuando el granjero dormía, la gata recorría la granja y hablaba con la vaca, el burro, las gallinas y todos los animales ignorados y explotados, con la gran diversidad de la granja.

 Les hablaba de cultura, dignidad, organización y estrategia.

 Les decía:

—La cultura es semilla: si la sembramos y la cuidamos, crece incluso en tierra dura.

—El conocimiento es luz: ninguna sombra puede asustarnos si la encendemos.

 —La organización es fuerza: lo que una persona no puede, muchas sí pueden.

 

Sabía que no podía enfrentarse directamente a los perros guardianes ni a los gallos narcisistas que defendían el statu quo de la granja.

 

 Así que construyó una revolución silenciosa, una revolución de baja intensidad y sin bajas.

 No empezó con gritos ni con acciones que despertaran sospechas.

 Empezó con conversaciones, con gestos culturales, con pequeños movimientos económicos.

Empezó desde abajo.

Y cuando la transformación llegó, ya era imparable.

El granjero no entendía cómo había ocurrido.

 Pero la gata sí:

había tejido alianzas invisibles, pacientemente, hasta convertirlas en fuerza colectiva.

 

 Y ese conocimiento lo supo compartir con otras gatas y gatos de otras granjas.

“De esta manera, tejiendo alianzas invisibles, la transformación dejó de ser un deseo para convertirse en fuerza colectiva.”

 

4. Claves para tejer redes sociales hoy

Después de años trabajando con colectivos sociales, ONGD, universidades e instituciones, estas son algunas claves que, personalmente, considero fundamentales:

-Unidad de acción con objetivos claros.

-Ética y estética, juntas.

-Resiliencia colectiva y cultura de los cuidados.

-Reconocimiento de la gran diversidad que nos rodea.

-Astucia y estrategia.

-Constancia y ternura.

-Capacidad de gestión, autonomía económica y transparencia radical.

-Adaptabilidad ágil ante entornos cambiantes.

-Uso estratégico de la tecnología (es una herramienta, no un fin).

Y, sobre todo, valorar más lo que nos une que lo que nos separa. En tiempos de ruido y división, eso ya es revolucionario.

 

5. Cierre: redes que nos unen

Las redes que nos sostienen no son las de los algoritmos. Son las que se tejen cuando compartimos sueños, cuando nos cuidamos, cuando no dejamos a nadie atrás. Ningún like nos dará una dopamina más valiosa que un abrazo.

La sociedad necesita volver a emocionarse con el bien común global. Necesita creer que el cambio es posible y que somos muchas las personas dispuestas a empujar juntas: con constancia, alegría, cultura, cine, espacios comunes, música y también fiesta.

Las redes verdaderas no se ven, pero sostienen. Son hilos de confianza, solidaridad y esperanza.

Así que la invitación es simple: seguir tejiendo. Entrelazar luchas, proyectos y comunidades diversas. No olvidemos que lo primero que vemos al salir de casa son nuestros barrios, cada vez más diversos, y que debemos cuidarlos. Exijamos a nuestros ayuntamientos espacios físicos para la convivencia intercultural, porque, al fin y al cabo, compartimos una identidad común y sufrimos las consecuencias de un mismo modelo económico depredador.

Porque si cada una y cada uno de nosotros aporta un poco de luz en esta oscuridad, veremos mejor el camino y nadie podrá detenernos.

 

JCVV – El internacionalista convencido

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