TEJER REDES PARA TRANSFORMAR
DE LA DESMOTIVACIÓN A LA ESPERANZA COMPARTIDA
1. Introducción: redes invisibles que nos sostienen
Vivimos tiempos convulsos. El imperialismo vuelve a estar en
boga, y de una manera más descarnada de lo que podíamos imaginar; hoy, incluso,
el propio Hollywood no lo habría hecho mejor.
Estados Unidos ha movido el tablero de la geopolítica
mundial para imponer nuevas reglas, mientras una Europa dividida y
profundamente neoliberal parece resignada a seguirle. La gigante China aguanta
el órdago, pero otros países con menos recursos observan con cautela los
movimientos del emperador y su guardia pretoriana. Incluso a los más rebeldes
no les queda otra que entablar relaciones con el déspota.
Los tambores de guerra no dejan de sonar, el gasto en
armamento se dispara y todo parece indicar que el mundo avanza desbocado hacia
un lugar incierto, tanto en el plano geopolítico como en el ambiental.
Hoy da la sensación de que todo se ha roto, de que no hay
solución ante esta inmensidad. La banalidad del mal se ha vuelto cotidiana. El
mundo se despierta cada día esperando un nuevo espectáculo, ya sea provocado
por las terribles consecuencias del cambio climático o por los caprichos del
emperador.
Parece que no hay alternativas para construir un mundo
nuevo, que nada tiene remedio y que, casi sin darnos cuenta, vamos dejando
atrás la rebeldía necesaria para liberar al mundo de una clase déspota, poderosa
y preponte que se siente libre para hacer lo que le viene en gana. Con los
archivos del pederasta Jeffrey Epstein ha quedado bien claro que la oligarquía
mundial vive impregnada de corrupción e impunidad, pero también que este tipo
de personas habitan un mundo paralelo al resto de la sociedad.
Las redes que dicen ser sociales y la política de la
confrontación permanente se encargan de anular el pensamiento crítico. Vivimos
tiempos de un imperialismo renovado y creciente, de una profunda devaluación de
la política, donde parece que solo los más brutos y poderosos pueden tomar
decisiones. Trump apoya descaradamente a presidentes en América Latina, con sus
palabras hace campaña política en Europa, mientras personajes como Elon Musk,
sin ningún rubor, apoyan a la extrema derecha en el mundo entero.
En este desconcierto, una parte de la sociedad se encoge de
hombros; otra discute acaloradamente a golpe de titulares espectaculares o de
rápidos scrolls en el teléfono móvil; otra parte vive confundida, siente un
cansancio colectivo; y muchas personas comprometidas sufren una profunda
frustración por tanta impunidad incomprensible.
Las acciones del imperio nos desconciertan y las
plutocracias tecnológicas nos distraen, alimentando nuestro ego y narcisismo a
través de sus macabros algoritmos o entreteniéndonos con series que nos hacen
sentir parte de su elenco. El resultado es una sociedad aislada, atomizada en
un mundo etéreo, desarticulada como cuerpo colectivo. La sociedad occidental —y
cada vez más la del Sur Global— transita entre “amistades” y “realidades”
virtuales, dependiente de estados de ánimo fabricados como avatares, alejados
de nuestras mentes y carentes de espíritu, que nos distancian del sentimiento
comunitario real.
Y sin embargo, debajo del ruido siguen existiendo otras
redes invisibles: redes tejidas con afectos, esperanza y compromiso; redes que
sostienen las causas por el bien común global y que, aunque muchas veces no se
vean, siguen ahí. Están en las asociaciones vecinales que cuidan la convivencia
en los barrios; en los grupos de apoyo mutuo y solidaridad; en el profesorado
que educa más allá del currículo; en las personas voluntarias que acompañan a
quienes llegan de otras tierras; en las redes de economía circular; en los
colectivos culturales que generan pensamiento crítico; en quienes trabajan en
la cooperación; en quienes hacen política con ética; y en todas esas personas
que, de manera invisible, sostienen lo común día a día.
No sé si es casualidad o no, pero en nuestro entorno más
cercano destacan redes de personas de cierta edad que parecen más inmunes a
estas dinámicas tecnológicas y mantienen un pensamiento colectivo: personas
mayores que ya no dependen de un salario para vivir y que vivieron épocas de
ilusión y rebeldía —la muerte del dictador
Franco, la llegada de la democracia, el auge del movimiento feminista,
la lucha contra la central nuclear de Lemóniz, la revolución nicaragüense, la
teología de la liberación, la insumisión y la objeción de conciencia—. Personas
que pudieron comprobar la fuerza transformadora de la desobediencia civil
frente a la injusticia.
Estas personas han sido clave en plataformas de apoyo a
personas migrantes, en movilizaciones para denunciar el genocidio del pueblo
palestino y en la defensa constante de pensiones dignas y del blindaje del
sistema público. Me cuesta entender que una parte de la juventud no se movilice
por estas reivindicaciones que, en un futuro más cercano de lo que creen,
también les afectarán. Más aún cuando muchas y muchos jóvenes dependen hoy del
apoyo económico de sus mayores.
Pero no siempre ha sido así. Ahí está la memoria de mayo del
68 en Francia, cuando el país quedó paralizado por la unión de jóvenes, obreras
y obreros para enfrentarse al orden
tradicional, la guerra de Vietnam y el autoritarismo. Juntos fueron capaces de
organizarse y de cuestionar un futuro laboral y vital que se les imponía.
Hubo un tiempo en el que la minería y la industrialización,
que empleaban a decenas de miles de trabajadoras y trabajadores, facilitaron la
organización y consolidación del movimiento sindical como respuesta a
condiciones laborales durísimas. Hubo un tiempo en que personas religiosas
comprometidas predicaban en la trastienda de sus parroquias que los últimos
tenían derecho a ser los primeros, contribuyendo de manera decisiva a generar
tejido social y grupos comunitarios.
Eran épocas de vida en la calle y de relaciones cercanas,
donde sindicatos y partidos políticos actuaban como espacios de participación
política, vínculo social y construcción de valores colectivos. Hoy, todo ese
tejido se ha debilitado: los partidos se han vuelto más electoralistas que
comunitarios y los sindicatos atraviesan una profunda crisis de representación
a nivel global.
Hubo también un tiempo en que las universidades estaban
atravesadas por el compromiso público, con debates políticos orientados a la
transformación social, convirtiéndose en espacios críticos para el cambio.
En un tiempo aún más cercano, miles de jóvenes “indignados”
acamparon en plazas públicas, impulsando de manera transversal asambleas en las
que exigían a la política una democracia real y participativa, llegando tan
lejos que tuvieron mucho que ver con el fin del bipartidismo en España.
¿Y cómo se consiguen cambios como estos? Con diálogo,
tejiendo redes y, por supuesto, teniendo en cuenta la diversidad y las
distintas formas de ver las cosas; dejando a un lado matices secundarios y
centrándose en un objetivo común consensuado.
Recuerdo con cariño —y digo con cariño y no con nostalgia,
porque mi ilusión está en el futuro y no en el pasado— cuando la vida se hacía
en el barrio, un espacio seguro donde todas y todos nos conocíamos, sabíamos el
nombre de nuestras vecinas y vecinos y existía una solidaridad que a veces se
camuflaba en un kilo de azúcar o un litro de aceite. Los barrios siguen ahí,
pero las personas hemos cambiado o estamos entretenidas en un aislamiento
digital profundamente individualista.
Las pocas niñas y niños que hay ya no juegan solos en las
calles; la gente mayor que vivió esos espacios colectivos se va marchando poco
a poco; todo el mundo vive deprisa y ni siquiera tenemos tiempo para gestionar
la nueva interculturalidad que se está dando en nuestros pueblos.
Hoy, los juguetes tecnológicos —útiles para personas
adultas, jóvenes, niñas y niños— nos preparan más para el individualismo que
para la vida colectiva. Por eso es más necesario que nunca dedicar tiempo a
tejer vínculos y alianzas humanas con compromiso social, antes de que la
tecnología o los propios tecnócratas lo decidan todo por nosotras y nosotros.
2. Un mundo desmotivado, pero con necesidad de sentido
Vivimos en una sociedad cansada, desmotivada y, en
ocasiones, deprimida. Muchas personas sienten que nada cambia, que todo está
decidido desde el poder. Soñamos con transformaciones imposibles en soledad,
mientras el capitalismo fracasa crisis tras crisis, sosteniéndose sobre la
explotación y la especulación sin asumir responsabilidades por sus propios
fracasos.
Transformar la economía es imprescindible para el cambio
social, pero no estamos educados para ello. Es como luchar contra el cambio
climático: eliminar los combustibles fósiles implica confrontar intereses
situados en el corazón del poder global, y eso no lo van a permitir fácilmente.
Mientras tanto, normalizamos lo intolerable: los asesinatos
de mujeres, las muertes de personas migrantes en tránsito, el sufrimiento del
pueblo palestino, la guerra en Sudán y en tantos otros lugares. Al mismo
tiempo, los discursos de odio intentan confundir a la opinión pública para que
la ciudadanía no sepa reconocer todo lo que la migración aporta a nuestras
sociedades.
Ante este panorama solo hay dos opciones: resignarnos… o
reencontrar el sentido colectivo del cambio.
Los grandes retos globales —desigualdad, exclusión, crisis
climática, guerras, migraciones— solo pueden afrontarse si los conectamos con
lo cotidiano: con nuestras acciones, nuestros barrios, nuestras pequeñas
victorias y nuestra capacidad de movilización y presión ciudadana.
Ganar la liga es casi imposible; la liga, ya lo sabemos, es
para los poderosos. Pero se pueden ganar copas, meter goles, celebrarlos y
rodearse de una buena hinchada que haga ruido. Y, sobre todo, disfrutar de esos
triunfos compartidos. No hay nada que desconcierte más al poder que nuestra
alegría.
Hay que generar acciones y redes con astucia, estrategia y
elegancia. Cada cual elige sus herramientas; en mi caso, elegí la cultura y la
comunicación porque son capaces de generar emociones, y las emociones son
siempre el primer paso de cualquier transformación social. Pero hay muchas
otras formas que también debemos explorar.
No se trata de negar las diferencias, sino de fortalecer
aquello que nos entrelaza en torno a un propósito común: el bien común global.
Redes vivas, donde cada nodo aporta algo distinto —recursos, ideas, tiempo,
espacios—, pero donde todas las personas comparten un mismo horizonte: hacer
visible lo invisible y emocionar para transformar.
3. La metáfora de la gata negra
Érase una vez una gata negra.
No tenía poder, ni fuerza, ni ejército.
Pero tenía algo mucho más importante: inteligencia,
paciencia y sigilo.
Convenció al granjero de dejarla entrar al caserío con una
excusa sencilla:
«Cazaré ratones y espantaré zorros y comadrejas», le dijo.
Y así entró.
Pero cuando el granjero dormía, la gata recorría la granja y
hablaba con la vaca, el burro, las gallinas y todos los animales ignorados y
explotados, con la gran diversidad de la granja.
Les hablaba de
cultura, dignidad, organización y estrategia.
Les decía:
—La cultura es semilla: si la sembramos y la cuidamos, crece
incluso en tierra dura.
—El conocimiento es luz: ninguna sombra puede asustarnos si
la encendemos.
—La organización es
fuerza: lo que una persona no puede, muchas sí pueden.
Sabía que no podía enfrentarse directamente a los perros
guardianes ni a los gallos narcisistas que defendían el statu quo de la granja.
Así que construyó una
revolución silenciosa, una revolución de baja intensidad y sin bajas.
No empezó con gritos
ni con acciones que despertaran sospechas.
Empezó con
conversaciones, con gestos culturales, con pequeños movimientos económicos.
Empezó desde abajo.
Y cuando la transformación llegó, ya era imparable.
El granjero no entendía cómo había ocurrido.
Pero la gata sí:
había tejido alianzas invisibles, pacientemente, hasta
convertirlas en fuerza colectiva.
Y ese conocimiento lo
supo compartir con otras gatas y gatos de otras granjas.
“De esta manera, tejiendo alianzas invisibles, la
transformación dejó de ser un deseo para convertirse en fuerza colectiva.”
4. Claves para tejer redes sociales hoy
Después de años trabajando con colectivos sociales, ONGD,
universidades e instituciones, estas son algunas claves que, personalmente,
considero fundamentales:
-Unidad de acción con objetivos claros.
-Ética y estética, juntas.
-Resiliencia colectiva y cultura de los cuidados.
-Reconocimiento de la gran diversidad que nos rodea.
-Astucia y estrategia.
-Constancia y ternura.
-Capacidad de gestión, autonomía económica y transparencia
radical.
-Adaptabilidad ágil ante entornos cambiantes.
-Uso estratégico de la tecnología (es una herramienta, no un
fin).
Y, sobre todo, valorar más lo que nos une que lo que nos
separa. En tiempos de ruido y división, eso ya es revolucionario.
5. Cierre: redes que nos unen
Las redes que nos sostienen no son las de los algoritmos.
Son las que se tejen cuando compartimos sueños, cuando nos cuidamos, cuando no
dejamos a nadie atrás. Ningún like nos dará una dopamina más valiosa que un
abrazo.
La sociedad necesita volver a emocionarse con el bien común
global. Necesita creer que el cambio es posible y que somos muchas las personas
dispuestas a empujar juntas: con constancia, alegría, cultura, cine, espacios
comunes, música y también fiesta.
Las redes verdaderas no se ven, pero sostienen. Son hilos de
confianza, solidaridad y esperanza.
Así que la invitación es simple: seguir tejiendo. Entrelazar
luchas, proyectos y comunidades diversas. No olvidemos que lo primero que vemos
al salir de casa son nuestros barrios, cada vez más diversos, y que debemos
cuidarlos. Exijamos a nuestros ayuntamientos espacios físicos para la
convivencia intercultural, porque, al fin y al cabo, compartimos una identidad
común y sufrimos las consecuencias de un mismo modelo económico depredador.
Porque si cada una y cada uno de nosotros aporta un poco de
luz en esta oscuridad, veremos mejor el camino y nadie podrá detenernos.
JCVV – El internacionalista convencido

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