martes, 17 de marzo de 2026

Trump, Cuba y la arrogancia del poder

 

Trump presume con arrogancia que será “un gran honor” tomar Cuba: “Puedo hacer lo que quiera con ella”.

 Escuchar estas palabras de Donald Trump eriza el cuerpo. Parece que hablara de una de esas chicas jóvenes reclutadas por el pederasta confeso Jeffrey Epstein para el disfrute del poder.

 No, señor Trump. Pase lo que pase, usted nunca podrá hacer con Cuba —ni con ningún lugar del mundo— lo que quiera. Ningún violador obtiene nada verdadero de su víctima, salvo odio y rencor. No obtendrá ningún beneficio real ni afectivo de los desastres y crímenes que genera el abuso del poder. Cuando le toque partir, nadie le recordará por su sensatez, su ética o su honestidad. No, usted se marchará como todo el mundo, con las manos vacías. Pero las suyas estarán profundamente manchadas por sus crímenes y abusos.

 Es triste lo que está ocurriendo en Cuba, pero más triste aún ver cómo el mundo no se rebela contra este asedio norteamericano que dura ya 67 años. Una especie de gota malaya que culmina ahora con una grave restricción del combustible: una puntilla que castiga a toda la población, niñas y niños, adultos y personas mayores. Un bloqueo de combustible que afecta por igual a hospitales, escuelas, centros de mayores y al resto de la población civil.

 Conozco Cuba desde hace muchos años. Empecé a hacer cooperación solidaria con el país en la época que se denominó “Período Especial”, cuando la isla se quedó sin sus socios comerciales tras la caída de la Unión Soviética en los años noventa. Desde entonces sigo ahí, pasito a pasito.

 En todo este tiempo me ha pasado de todo: cosas buenas y otras no tanto. Pero siempre me ha alentado encontrarme con gente honesta, dispuesta a seguir adelante pese a los bloqueos externos e incluso a las dificultades internas.

 He visto cómo, año tras año, las cubanas y los cubanos inventaban innumerables herramientas y estrategias para sobrevivir.

 He visto errores políticos de primera mano —algo que siempre me ha dolido—, pero también he visto en la isla la dignidad de muchas personas que despertaron mi respeto y admiración.

 El mundo se ha beneficiado durante años de la solidaridad cubana y de su rebeldía frente al imperialismo y al gran capital, algo que las élites económicas y políticas que dominan el mundo nunca han perdonado.

 Cuba, una pequeña isla del Caribe, logró dar dignidad al mundo, sobre todo a los países del Sur Global. Demostró desde el inicio de la revolución la importancia de la educación y la salud universales, algo que supo compartir con el resto del mundo.

 Durante la pandemia no solo fue capaz de desarrollar sus propias vacunas, sino también de compartirlas de manera solidaria con otros países. Algo que no hicieron muchos de los países enriquecidos.

 Este 20 de marzo se cumplen diez años de la visita oficial a Cuba de Barack Obama, presidente de Estados Unidos. Fue la primera visita de un presidente estadounidense a la isla en casi un siglo. Cuba, quizá por el desgaste acumulado, se dejó seducir por el “swing” de Obama, cayendo en la vieja táctica del policía bueno y el policía malo. Aquello generó endeudamiento, desgaste institucional y expectativas que nunca llegaron a cumplirse.

 Europa, por su parte, siempre ha estado ahí, disfrutando del bonito paisaje caribeño, como tantas veces: inmóvil, dividida, presente pero ausente.

 Ahora, cuando el mundo da la espalda a Cuba, al gobierno cubano no le queda otra que negociar con Washington. Pero esto difícilmente puede llamarse negociación: es más bien un saqueo y una nueva violación del derecho internacional, y sin embargo, parece que nos estamos acostumbrando a ello. Lo vemos en los abusivos aranceles impuestos al resto del mundo o, lo que es aún más grave, en las toneladas de bombas que destruyeron Gaza, en los misiles que siembran muerte en el Caribe o en los ataques contra Irán.

¿Qué le pasa al mundo?

¿Y qué nos está pasando a todas y todos nosotros para no reaccionar?

Tal vez se explique porque el espectáculo trumpista nos paraliza. Tal vez por un consumo absurdo que nos entretiene o por unas redes sociales dominadas por algoritmos que nos aíslan y nos anestesian.

 Si no somos capaces de rebelarnos contra la especulación con la vivienda, la salud o la educación en nuestras propias sociedades, ¿cómo vamos a comprender lo que sufren nuestras hermanas y hermanos de Cuba, Sudán, Sahara, Palestina, Líbano o de cualquier otro lugar donde exista abuso de poder?

 Y sin embargo, aunque a veces parezca que todo está perdido, la salida sigue estando ahí, delante de nuestras narices. Solo tenemos que salir a la calle y poner en práctica el valor de la solidaridad y la empatía, por nuestro pueblo y por todos los pueblos del mundo.

 Se acerca la primavera, y esta estación es siempre un buen momento para sembrar los frutos de un nuevo futuro.

JCVV - El Internacionalista convencido 

domingo, 15 de marzo de 2026

Una guerra tras otra


 Apostar por las guerras es entrar en una espiral que no tiene fin.

Estados Unidos está empujando al mundo a rearmarse hasta los dientes. No se trata solo de aumentar los presupuestos militares: se está configurando un nuevo tablero geopolítico cuyo objetivo es frenar el ascenso de China. El trumpismo sabe que no podría hacerlo en solitario, por eso necesita alinear a Europa, a Israel, a los países del Golfo y a las potencias del Pacífico en una misma lógica de confrontación: un rearme militar como nunca se ha visto en la historia.

En este escenario mundial, como siempre ocurre en las guerras, las personas que morirán o sufrirán tendrán colores de piel distintos, hablarán lenguas diferentes y tendrán rostros diversos. Pero compartirán algo esencial: pertenecerán, en su mayoría, a las mismas clases sociales.

Como siempre, primero sufrirán las clases más empobrecidas. Después, las clases medias. Y, como tantas veces se ha visto —y tantas personas han padecido a lo largo de la historia—, serán las élites económicas las que tengan más probabilidades de sobrevivir al posible apocalipsis de una nueva confrontación global.

Pero incluso esa supervivencia será temporal. Cuando solo queden las oligarquías, cuando ya no haya pueblos que sacrificar ni clases que explotar, terminarán devorándose entre ellas. O quizá acaben aniquiladas, o simplemente dominadas por la robótica y la inteligencia artificial.

Porque la historia ha demostrado una y otra vez que los imperios y las civilizaciones no caen solo por la presión externa: también se pudren desde dentro, por la propia avidez humana, la falta de empatía y la dejadez moral. 

Por eso hoy resulta más necesario que nunca recuperar una cultura política basada en la responsabilidad global, en el respeto al derecho internacional y en la defensa del Bien Común Global.

Frente a los discursos belicistas, insumisión.

Frente a quienes normalizan la guerra como si fuera una herramienta política más, desobediencia civil.

La paz se construye con políticas concretas: educación, cooperación internacional, justicia social, diálogo entre pueblos y respeto a los derechos humanos.

La paz y la justicia son elecciones colectivas. Por eso debemos adoptar decisiones que las hagan posibles, empezando por negarnos a aceptar la guerra como algo normal.

Que ninguna garganta humana se quede sin gritar:

¡No a la guerra!

Si las guerras se crean desde el poder, también se pueden frenar desde la calle.

No te quedes en casa.

¡Pasa a la acción!

El Internacionalista convencido  

domingo, 8 de marzo de 2026

Salud y libertad 8 de marzo

 



Creo que ninguna mujer querría volver a los tiempos en los que no podía votar, abrir una cuenta bancaria sin permiso de su marido o en los que era visto como algo extraño que una mujer llegara a la universidad o simplemente quisiera ponerse unos pantalones.


Y, sin embargo, pese a todo lo avanzado, hoy vemos cómo desde algunos sectores políticos se vuelven a lanzar consignas contra el feminismo y se intenta reforzar normas tradicionales de género que durante siglos limitaron la libertad y la igualdad de las mujeres.


La historia también nos recuerda uno de los episodios más oscuros de Europa: la persecución y quema de miles de mujeres acusadas de brujería. Muchas de ellas eran parteras, sanadoras y mujeres medicina, conocedoras de saberes ancestrales sobre la salud y los cuidados comunitarios. Su persecución no solo fue un crimen contra ellas, también para las miles de mujeres y hombres que dejaron de ser atendidas por estas mujeres. Pero  también supuso la pérdida de conocimientos esenciales para muchas comunidades.



Hoy, en pleno siglo XXI, millones de mujeres siguen viviendo bajo formas de apartheid de género, con menos derechos, menos oportunidades y mayores niveles de violencia. Y siguen siendo también quienes más sufren las consecuencias de las guerras y los conflictos armados que casi siempre deciden los hombres.


Por eso el feminismo es, ante todo, un sí a la vida.

Una voz por la igualdad, la dignidad y la justicia.


Pero también es una voz profundamente pacifista, porque no puede haber paz duradera en un mundo donde la mitad de la humanidad vive con menos derechos que la otra mitad y sufre en muchos casos una violencia continua.


El feminismo es, en el fondo, una defensa del Bien Común Global: una propuesta de sociedades más justas, más igualitarias y más humanas.


Un camino que no corresponde recorrer solo a las mujeres. 


Los hombres también debemos estar ahí, empujando una transformación  por la igualdad de género.


Hoy, en este día de conmemoración y lucha  sobre los avances logrados y las desigualdades que aún sufre la mitad de la población mundial —las mujeres—, es también un día de reflexión y compromiso para la otra mitad: los hombres.


Este es un camino compartido, es una causa de toda la humanidad.


Porque sin igualdad no hay justicia,

y sin justicia no hay paz.


No a la guerra. 


¡Salud y libertad 8 de Marzo! 


El Internacionalista convencido


domingo, 8 de febrero de 2026

Pequeñas luces que, juntas, alumbran el camino.

 

TEJER REDES PARA TRANSFORMAR

DE LA DESMOTIVACIÓN A LA ESPERANZA COMPARTIDA

 

1. Introducción: redes invisibles que nos sostienen

Vivimos tiempos convulsos. El imperialismo vuelve a estar en boga, y de una manera más descarnada de lo que podíamos imaginar; hoy, incluso, el propio Hollywood no lo habría hecho mejor.

Estados Unidos ha movido el tablero de la geopolítica mundial para imponer nuevas reglas, mientras una Europa dividida y profundamente neoliberal parece resignada a seguirle. La gigante China aguanta el órdago, pero otros países con menos recursos observan con cautela los movimientos del emperador y su guardia pretoriana. Incluso a los más rebeldes no les queda otra que entablar relaciones con el déspota.

Los tambores de guerra no dejan de sonar, el gasto en armamento se dispara y todo parece indicar que el mundo avanza desbocado hacia un lugar incierto, tanto en el plano geopolítico como en el ambiental.

Hoy da la sensación de que todo se ha roto, de que no hay solución ante esta inmensidad. La banalidad del mal se ha vuelto cotidiana. El mundo se despierta cada día esperando un nuevo espectáculo, ya sea provocado por las terribles consecuencias del cambio climático o por los caprichos del emperador.

Parece que no hay alternativas para construir un mundo nuevo, que nada tiene remedio y que, casi sin darnos cuenta, vamos dejando atrás la rebeldía necesaria para liberar al mundo de una clase déspota, poderosa y preponte que se siente libre para hacer lo que le viene en gana. Con los archivos del pederasta Jeffrey Epstein ha quedado bien claro que la oligarquía mundial vive impregnada de corrupción e impunidad, pero también que este tipo de personas habitan un mundo paralelo al resto de la sociedad.

Las redes que dicen ser sociales y la política de la confrontación permanente se encargan de anular el pensamiento crítico. Vivimos tiempos de un imperialismo renovado y creciente, de una profunda devaluación de la política, donde parece que solo los más brutos y poderosos pueden tomar decisiones. Trump apoya descaradamente a presidentes en América Latina, con sus palabras hace campaña política en Europa, mientras personajes como Elon Musk, sin ningún rubor, apoyan a la extrema derecha en el mundo entero.

En este desconcierto, una parte de la sociedad se encoge de hombros; otra discute acaloradamente a golpe de titulares espectaculares o de rápidos scrolls en el teléfono móvil; otra parte vive confundida, siente un cansancio colectivo; y muchas personas comprometidas sufren una profunda frustración por tanta impunidad incomprensible.

Las acciones del imperio nos desconciertan y las plutocracias tecnológicas nos distraen, alimentando nuestro ego y narcisismo a través de sus macabros algoritmos o entreteniéndonos con series que nos hacen sentir parte de su elenco. El resultado es una sociedad aislada, atomizada en un mundo etéreo, desarticulada como cuerpo colectivo. La sociedad occidental —y cada vez más la del Sur Global— transita entre “amistades” y “realidades” virtuales, dependiente de estados de ánimo fabricados como avatares, alejados de nuestras mentes y carentes de espíritu, que nos distancian del sentimiento comunitario real.

Y sin embargo, debajo del ruido siguen existiendo otras redes invisibles: redes tejidas con afectos, esperanza y compromiso; redes que sostienen las causas por el bien común global y que, aunque muchas veces no se vean, siguen ahí. Están en las asociaciones vecinales que cuidan la convivencia en los barrios; en los grupos de apoyo mutuo y solidaridad; en el profesorado que educa más allá del currículo; en las personas voluntarias que acompañan a quienes llegan de otras tierras; en las redes de economía circular; en los colectivos culturales que generan pensamiento crítico; en quienes trabajan en la cooperación; en quienes hacen política con ética; y en todas esas personas que, de manera invisible, sostienen lo común día a día.

No sé si es casualidad o no, pero en nuestro entorno más cercano destacan redes de personas de cierta edad que parecen más inmunes a estas dinámicas tecnológicas y mantienen un pensamiento colectivo: personas mayores que ya no dependen de un salario para vivir y que vivieron épocas de ilusión y rebeldía —la muerte del dictador  Franco, la llegada de la democracia, el auge del movimiento feminista, la lucha contra la central nuclear de Lemóniz, la revolución nicaragüense, la teología de la liberación, la insumisión y la objeción de conciencia—. Personas que pudieron comprobar la fuerza transformadora de la desobediencia civil frente a la injusticia.

Estas personas han sido clave en plataformas de apoyo a personas migrantes, en movilizaciones para denunciar el genocidio del pueblo palestino y en la defensa constante de pensiones dignas y del blindaje del sistema público. Me cuesta entender que una parte de la juventud no se movilice por estas reivindicaciones que, en un futuro más cercano de lo que creen, también les afectarán. Más aún cuando muchas y muchos jóvenes dependen hoy del apoyo económico de sus mayores.

Pero no siempre ha sido así. Ahí está la memoria de mayo del 68 en Francia, cuando el país quedó paralizado por la unión de jóvenes, obreras y obreros  para enfrentarse al orden tradicional, la guerra de Vietnam y el autoritarismo. Juntos fueron capaces de organizarse y de cuestionar un futuro laboral y vital que se les imponía.

Hubo un tiempo en el que la minería y la industrialización, que empleaban a decenas de miles de trabajadoras y trabajadores, facilitaron la organización y consolidación del movimiento sindical como respuesta a condiciones laborales durísimas. Hubo un tiempo en que personas religiosas comprometidas predicaban en la trastienda de sus parroquias que los últimos tenían derecho a ser los primeros, contribuyendo de manera decisiva a generar tejido social y grupos comunitarios.

Eran épocas de vida en la calle y de relaciones cercanas, donde sindicatos y partidos políticos actuaban como espacios de participación política, vínculo social y construcción de valores colectivos. Hoy, todo ese tejido se ha debilitado: los partidos se han vuelto más electoralistas que comunitarios y los sindicatos atraviesan una profunda crisis de representación a nivel global.

Hubo también un tiempo en que las universidades estaban atravesadas por el compromiso público, con debates políticos orientados a la transformación social, convirtiéndose en espacios críticos para el cambio.

En un tiempo aún más cercano, miles de jóvenes “indignados” acamparon en plazas públicas, impulsando de manera transversal asambleas en las que exigían a la política una democracia real y participativa, llegando tan lejos que tuvieron mucho que ver con el fin del bipartidismo en España.

¿Y cómo se consiguen cambios como estos? Con diálogo, tejiendo redes y, por supuesto, teniendo en cuenta la diversidad y las distintas formas de ver las cosas; dejando a un lado matices secundarios y centrándose en un objetivo común consensuado.

Recuerdo con cariño —y digo con cariño y no con nostalgia, porque mi ilusión está en el futuro y no en el pasado— cuando la vida se hacía en el barrio, un espacio seguro donde todas y todos nos conocíamos, sabíamos el nombre de nuestras vecinas y vecinos y existía una solidaridad que a veces se camuflaba en un kilo de azúcar o un litro de aceite. Los barrios siguen ahí, pero las personas hemos cambiado o estamos entretenidas en un aislamiento digital profundamente individualista.

Las pocas niñas y niños que hay ya no juegan solos en las calles; la gente mayor que vivió esos espacios colectivos se va marchando poco a poco; todo el mundo vive deprisa y ni siquiera tenemos tiempo para gestionar la nueva interculturalidad que se está dando en nuestros pueblos.

Hoy, los juguetes tecnológicos —útiles para personas adultas, jóvenes, niñas y niños— nos preparan más para el individualismo que para la vida colectiva. Por eso es más necesario que nunca dedicar tiempo a tejer vínculos y alianzas humanas con compromiso social, antes de que la tecnología o los propios tecnócratas lo decidan todo por nosotras y nosotros.

 

2. Un mundo desmotivado, pero con necesidad de sentido

Vivimos en una sociedad cansada, desmotivada y, en ocasiones, deprimida. Muchas personas sienten que nada cambia, que todo está decidido desde el poder. Soñamos con transformaciones imposibles en soledad, mientras el capitalismo fracasa crisis tras crisis, sosteniéndose sobre la explotación y la especulación sin asumir responsabilidades por sus propios fracasos.

Transformar la economía es imprescindible para el cambio social, pero no estamos educados para ello. Es como luchar contra el cambio climático: eliminar los combustibles fósiles implica confrontar intereses situados en el corazón del poder global, y eso no lo van a permitir fácilmente.

Mientras tanto, normalizamos lo intolerable: los asesinatos de mujeres, las muertes de personas migrantes en tránsito, el sufrimiento del pueblo palestino, la guerra en Sudán y en tantos otros lugares. Al mismo tiempo, los discursos de odio intentan confundir a la opinión pública para que la ciudadanía no sepa reconocer todo lo que la migración aporta a nuestras sociedades.

Ante este panorama solo hay dos opciones: resignarnos… o reencontrar el sentido colectivo del cambio.

Los grandes retos globales —desigualdad, exclusión, crisis climática, guerras, migraciones— solo pueden afrontarse si los conectamos con lo cotidiano: con nuestras acciones, nuestros barrios, nuestras pequeñas victorias y nuestra capacidad de movilización y presión ciudadana.

Ganar la liga es casi imposible; la liga, ya lo sabemos, es para los poderosos. Pero se pueden ganar copas, meter goles, celebrarlos y rodearse de una buena hinchada que haga ruido. Y, sobre todo, disfrutar de esos triunfos compartidos. No hay nada que desconcierte más al poder que nuestra alegría.

Hay que generar acciones y redes con astucia, estrategia y elegancia. Cada cual elige sus herramientas; en mi caso, elegí la cultura y la comunicación porque son capaces de generar emociones, y las emociones son siempre el primer paso de cualquier transformación social. Pero hay muchas otras formas que también debemos explorar.

No se trata de negar las diferencias, sino de fortalecer aquello que nos entrelaza en torno a un propósito común: el bien común global. Redes vivas, donde cada nodo aporta algo distinto —recursos, ideas, tiempo, espacios—, pero donde todas las personas comparten un mismo horizonte: hacer visible lo invisible y emocionar para transformar.

 

3. La metáfora de la gata negra

Érase una vez una gata negra.

No tenía poder, ni fuerza, ni ejército.

Pero tenía algo mucho más importante: inteligencia, paciencia y sigilo.

Convenció al granjero de dejarla entrar al caserío con una excusa sencilla:

«Cazaré ratones y espantaré zorros y comadrejas», le dijo.

Y así entró.

Pero cuando el granjero dormía, la gata recorría la granja y hablaba con la vaca, el burro, las gallinas y todos los animales ignorados y explotados, con la gran diversidad de la granja.

 Les hablaba de cultura, dignidad, organización y estrategia.

 Les decía:

—La cultura es semilla: si la sembramos y la cuidamos, crece incluso en tierra dura.

—El conocimiento es luz: ninguna sombra puede asustarnos si la encendemos.

 —La organización es fuerza: lo que una persona no puede, muchas sí pueden.

 

Sabía que no podía enfrentarse directamente a los perros guardianes ni a los gallos narcisistas que defendían el statu quo de la granja.

 

 Así que construyó una revolución silenciosa, una revolución de baja intensidad y sin bajas.

 No empezó con gritos ni con acciones que despertaran sospechas.

 Empezó con conversaciones, con gestos culturales, con pequeños movimientos económicos.

Empezó desde abajo.

Y cuando la transformación llegó, ya era imparable.

El granjero no entendía cómo había ocurrido.

 Pero la gata sí:

había tejido alianzas invisibles, pacientemente, hasta convertirlas en fuerza colectiva.

 

 Y ese conocimiento lo supo compartir con otras gatas y gatos de otras granjas.

“De esta manera, tejiendo alianzas invisibles, la transformación dejó de ser un deseo para convertirse en fuerza colectiva.”

 

4. Claves para tejer redes sociales hoy

Después de años trabajando con colectivos sociales, ONGD, universidades e instituciones, estas son algunas claves que, personalmente, considero fundamentales:

-Unidad de acción con objetivos claros.

-Ética y estética, juntas.

-Resiliencia colectiva y cultura de los cuidados.

-Reconocimiento de la gran diversidad que nos rodea.

-Astucia y estrategia.

-Constancia y ternura.

-Capacidad de gestión, autonomía económica y transparencia radical.

-Adaptabilidad ágil ante entornos cambiantes.

-Uso estratégico de la tecnología (es una herramienta, no un fin).

Y, sobre todo, valorar más lo que nos une que lo que nos separa. En tiempos de ruido y división, eso ya es revolucionario.

 

5. Cierre: redes que nos unen

Las redes que nos sostienen no son las de los algoritmos. Son las que se tejen cuando compartimos sueños, cuando nos cuidamos, cuando no dejamos a nadie atrás. Ningún like nos dará una dopamina más valiosa que un abrazo.

La sociedad necesita volver a emocionarse con el bien común global. Necesita creer que el cambio es posible y que somos muchas las personas dispuestas a empujar juntas: con constancia, alegría, cultura, cine, espacios comunes, música y también fiesta.

Las redes verdaderas no se ven, pero sostienen. Son hilos de confianza, solidaridad y esperanza.

Así que la invitación es simple: seguir tejiendo. Entrelazar luchas, proyectos y comunidades diversas. No olvidemos que lo primero que vemos al salir de casa son nuestros barrios, cada vez más diversos, y que debemos cuidarlos. Exijamos a nuestros ayuntamientos espacios físicos para la convivencia intercultural, porque, al fin y al cabo, compartimos una identidad común y sufrimos las consecuencias de un mismo modelo económico depredador.

Porque si cada una y cada uno de nosotros aporta un poco de luz en esta oscuridad, veremos mejor el camino y nadie podrá detenernos.

 

JCVV – El internacionalista convencido

viernes, 30 de enero de 2026

“Todas las personas somos migrantes”

 


Cuando me levanto por la mañana para ir a trabajar y comprar el periódico, los pocos bares que veo abiertos están regentados por personas de origen extranjero. En estos lugares también veo a varios hombres esperando a que les recojan para ir a trabajar: albañiles, carpinteros, electricistas y un montón de gremios más que hoy se ocupan de tareas que antes realizaban mayoritariamente personas autóctonas.

 

A las mujeres las veo menos, porque la mayoría trabaja en el sector servicios, donde desempeñan labores de cuidados a personas mayores, servicio doméstico, hostelería y limpieza. La población inmigrante en España ronda los 10 millones de personas, siendo las mujeres algo más de la mitad.

 

Este mes de enero que dejamos atrás, el Gobierno de España ha puesto en marcha un nuevo plan para regularizar a personas migrantes, una medida que no se veía desde hace más de 20 años. Este plan ha sido impulsado por el partido de  izquierda Podemos  y acordado con el Partido Socialista, una iniciativa que llevaban años reclamando organizaciones sociales, plataformas, ONG y entidades cristianas, entre otras.


 España sufrió un gran golpe con la crisis económica de 2008, provocada en Estados Unidos. Esta crisis afectó con especial dureza a la población inmigrante, ya que muchas de estas personas estaban vinculadas a la construcción y acabaron en el desempleo. Ese mismo año, el Gobierno de Zapatero implementó el “Plan de Retorno Voluntario”, una medida que permitía a personas inmigrantes extracomunitarias cobrar la prestación por desempleo acumulada en España en sus países de origen, a cambio de no volver durante un periodo de tres años.


 A pesar del duro golpe que sufrió el país, y la población migrante en particular, estas personas fueron clave para revitalizar el Estado de bienestar y la Seguridad Social tanto antes como durante la crisis. Con un alto nivel de cotización, su aportación fue muy importante para las arcas públicas. Otro dato relevante es que, en ese mismo periodo, grandes empresas españolas obtenían beneficios en América Latina. Sin las personas migrantes cotizando en España y sin los beneficios de estas empresas en el exterior, la crisis económica en España habría sido aún más profunda.

 

Muchas personas invisibles, además de hacer colas en busca de su regularización, estarán llorando de alegría. Algo parecido deberíamos estar haciendo el resto de la ciudadanía, en primer lugar, por un tema de derechos humanos —algo que hace mucha falta en esta época— y también porque estas personas son clave para el funcionamiento de la sociedad.

 

Pero en derechos humanos y justicia queda mucho por hacer. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), existe una brecha muy importante en la renta media entre hogares según la nacionalidad: los hogares con nacionalidad española tienen una renta media entre un 60 % y un 67 % superior a la de los hogares con nacionalidad no comunitaria. Es decir, pese a que muchas personas inmigrantes están trabajando, cotizando a la Seguridad Social y pagando impuestos, lo siguen haciendo en condiciones de gran vulnerabilidad: salarios bajos, largas jornadas irregulares y un miedo constante a ser expulsadas.

 

En Estados Unidos, donde se está llevando a cabo una gran represión y persecución de personas migrantes, ha habido un fuerte apoyo por parte de la sociedad mediante protestas masivas contra la impunidad y la brutalidad del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). En más de 70 ciudades se han concentrado cientos de miles de personas, todo un ejemplo de compromiso ciudadano. Un compromiso que ha costado la vida a personas como Renée Nicole Good, poeta y madre de familia, de 37 años, y Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos de la misma edad. Ambos murieron en Minneapolis  por disparos de los agentes de la ICE mientras protestaban  por las acciones de este cuerpo conta las personas inmigrantes.

 

Toda esta participación intergeneracional tiene que ver con la construcción de un país donde, de una manera u otra, casi todas las personas tienen una historia ligada a la migración. En Estados Unidos nadie es ajeno a la inmigración, ya que el país ha crecido con ella.


 En el País Vasco, y me imagino que también en el resto del Estado español, no se vive de la misma manera porque hemos olvidado que durante el franquismo, entre 1959 y 1973, alrededor de dos millones de personas emigraron a otros países europeos en busca de oportunidades laborales y de dinero para enviar a sus familias. Muchas ni siquiera llegaron a aprender el idioma del país que las recibió, porque la población local apenas se relacionaba con ellas.


También ha quedado en el olvido que, en el caso del País Vasco, entre 1950 y 1975 la población aumentó en torno a 590.000 personas gracias a la inmigración interna procedente de otras partes del Estado, especialmente de Andalucía, Extremadura, Castilla y Galicia. En muchos casos tampoco pudieron aprender euskera, ya que esta lengua sufrió una grave represión y prohibición durante la dictadura de Francisco Franco (1939–1975). En el mismo periodo, Cataluña recibió alrededor de 1,3 millones de personas, principalmente en el área de Barcelona, y también hubo fuertes movimientos migratorios hacia Madrid y Valencia.


Tal vez por esta pérdida de memoria histórica, o porque no se está dando una convivencia real con la población inmigrante, la migración se ve como un problema ajeno, que frecuentemente aparece en los medios como una amenaza y no como un gran aporte a nuestra sociedad. Quizá también influye la falta de personas racializadas en los medios de comunicación, en los partidos políticos y en los sindicatos. Basta ver lo poco representadas que están en los parlamentos y en los medios de comunicación.

 

Aquí la migración se percibe más como un tema social que identitario. Tal vez por eso quienes más se movilizan suelen ser personas mayores, vinculadas a movimientos solidarios, internacionalistas, de izquierdas o cristianos de base, que en su día se comprometieron con causas como Centroamérica, el Sáhara, Palestina…

 

Las generaciones más jóvenes, en cambio, a menudo no sienten que la política migratoria afecte directamente a su vida cotidiana. Pueden ver la migración desde una perspectiva solidaria, pero no siempre desde una identidad compartida, sin darse cuenta de que el mismo modelo que les impide independizarse, comprar una vivienda o encontrar un buen trabajo es el que explota a las personas que migran.

 

No basta con regular. Hay que romper barreras entre la población migrante y la población local. La cultura, las fiestas populares y los espacios culturales, creativos y educativos son clave para generar relaciones: casas de cultura, bibliotecas, centros cívicos. En mi generación la gente se encontraba a la entrada o salida de la parroquia; hoy hay una gran falta de espacios, sobre todo en algunas ciudades y pueblos, de convivencia social.

 

Hay que dejar de ver la migración como un problema de “otros”, que se soluciona con caridad. La migración es parte de los problemas de un sistema depredador e individualista que precariza a unos y enriquece a otros, aunque sea a costa de explotar a personas, países y pueblos, o al propio planeta.


Espero que con esta nueva regularización pueda ver a más personas migrantes simplemente como mis vecinas y vecinos, con quienes compartir el ocio y el disfrute de la vida.


JCVV- El Internacionalista Convencido

sábado, 24 de enero de 2026

La difícil relación de la UE con el nuevo emperador

 

 


Estados Unidos vulnera el derecho internacional, persigue de manera amenazante a las personas migrantes, lleva a cabo asesinatos extrajudiciales, amenaza a sus propios socios y se comporta como amigo o enemigo de forma imprevisible, llegando incluso a lanzar amenazas militares contra otro país de la OTAN.

 

Recientemente, ocho países europeos —Dinamarca, Finlandia, Francia, Países Bajos, Noruega, Suecia, Reino Unido y Alemania— enviaron soldados a Groenlandia, al tiempo que publicaban un comunicado conjunto donde afirmaban su compromiso con la defensa de la soberanía de la isla y su disposición a entablar un diálogo con Estados Unidos basado en los principios de soberanía e integridad territorial, que aseguraban defender firmemente.

 

La respuesta de Trump no se hizo esperar: anunció una fuerte subida de aranceles para estos países, medida que más tarde retiró.

 

Cabe destacar, de forma casi chistosa, que a algunas generaciones esto les recuerda al humor del ya fallecido Miguel Gila, el monologuista que nos hacía reír con su magnífica sátira sobre la guerra, popular en las décadas de 1950 y 1960. Porque los ocho países europeos enviaron menos de 40 soldados a Nuuk, capital de Groenlandia, y a los dos días Alemania retiró su aportación de unos 15 militares: parece ser que en ese tiempo su “misión de reconocimiento” ya había terminado… en la isla más grande del mundo.

 

En Europa hay mucho ruido y pocas nueces. Una vez más, se aguanta la falta de respeto de EE. UU. al derecho internacional y se permite que su presidente haga política populista en el Viejo Continente, aventando un nuevo orden mundial basado en la fuerza y la violencia, siempre que quien lo ejerza sea Estados Unidos.

 

La UE afirma que ha dado una respuesta firme frente a Donald Trump, pero la realidad recuerda demasiado al pasado, cuando una Europa debilitada cedió ante las exigencias territoriales de Hitler en 1938, permitiendo la anexión alemana de los Sudetes zonas limítrofes de Checoslovaquia donde Alemania tenía intereses.

 

En este caso, el “triunfo” europeo consiste en que Dinamarca sigue manteniendo formalmente Groenlandia, pero EE. UU. podrá aplicar los acuerdos impuestos en 1951 tras la Segunda Guerra Mundial, otorgando a Washington amplios poderes de actuación sobre la estratégica isla. Poderes necesarios para su sistema de defensa “Cúpula Dorada”, que costará millones de dólares, reforzará la presencia de la OTAN y, lo más significativo, le dará influencia directa sobre inversiones estratégicas y tierras raras.

 

Un esquema similar utilizó el año pasado en Ucrania para asegurarse minerales estratégicos de un país en guerra. Lo hemos visto recientemente en Venezuela con el petróleo. Ahora se repite en el Ártico. Mañana, quién sabe: quizá Canadá, quizá algún país africano, de Asia  o de Oriente Medio. ¿Y quién pagará todo esto? Probablemente los bolsillos europeos. Para eso sí nos quiere el emperador Trump.

 

Europa ha cedido de nuevo a los intereses de Washington. La UE y Dinamarca han aceptado una concesión simbólica: que Groenlandia siga siendo formalmente danesa. Pero, como en 1951, la soberanía de la isla quedará reducida a un concepto meramente administrativo.

 

Una Europa desorientada, perdida entre el humo espeso del trumpismo

Una vez más, mucho ruido para tan pocas nueces. Europa es incapaz de mantener su papel en un mundo en el que se está quedando atrás. No solo por la confrontación entre las dos grandes potencias de este siglo —China y EE. UU.— sino porque parte de sus antiguas colonias emergen con fuerza en el Sur Global.

 

Su falta de capacidad tecnológica, de previsión estratégica y de cohesión interna entre los países de la Unión —sin olvidar su extraña relación con el Reino Unido— la llevan a esa imposibilidad de tener una postura firme en el nuevo tablero mundial.

 

Es una Europa que teme rejuvenecerse con la inmigración, que se queda atrás en las nuevas tecnologías y en su propia industria, y que intenta convencer a la opinión pública de que todo se solucionará invirtiendo en armas y ejércitos.

 

No. Así lo único que conseguiremos es acercarnos más al abismo de una futura confrontación mundial.

 

Si Europa quiere encontrar su lugar en el mundo, debe hacerlo apostando por la igualdad y los derechos humanos. Debería recuperar su Agenda Verde, ya debilitada tras el estallido de la guerra de Ucrania en 2022 y posteriormente erosionada por las presiones de su socio americano, que veía peligrar sus intereses económicos y estratégicos.

 

El año pasado, Trump ya humilló a la Unión Europea con un acuerdo comercial que supuso aranceles del 15 %, la obligación de compras masivas de energía estadounidense por valor de 750.000 millones de euros en tres años, inversiones europeas en EE. UU. por 600.000 millones de dólares y una gran adquisición de armamento norteamericano, además de la apertura del mercado europeo a sus productos sin aranceles equivalentes.

 

El emperador y el silencio cómplice

 

Pero si no recuperamos el valor ético de la política, poco podremos hacer. El pensamiento conservador avanza en Europa, el trumpismo da alas al extremismo populista y los grandes poderes económicos europeos acabarán sumándose al caballo ganador.

 

Silencios. Demasiados silencios para no incomodar el ego del emperador. Silencio ante asesinatos extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico; ante el secuestro de un presidente y su compañera; ante ataques militares sin informar a Naciones Unidas; ante la injerencia política en otros países e incluso ante amenazas a dirigentes de países como Colombia o México.

 

O ante las supuestas reticencias europeas a la “Junta de Paz” impulsada por Trump en Davos: un juego de Monopoly en la destruida ribera palestina que se parece más a una operación inmobiliaria que a un proceso real de resolución de conflictos. El emperador norteamericano elige quién juega y quién no. Entre los invitados: Putin, Milei, Mohamed VI, Erdoğan… todo “hombres” decidiendo sobre guerra y reconstrucción. Ninguna persona palestina en la mesa.

 

Quien quiera un asiento permanente deberá pagar 1.000 millones de dólares. Una barbaridad y un grave insulto a Naciones Unidas, el único organismo internacional que, pese a sus deficiencias, podría poner algo de orden en este desorden mundial.

 

El mensaje es claro: el nuevo Nerón exige que paguemos sus caprichos —Gaza, Ucrania, Groenlandia, inversiones estratégicas— mientras los beneficios se concentran en el corazón del imperio.

 

Otra Europa es posible

 

Pero somos muchas las personas que queremos otra Europa. Muchas también dentro de Estados Unidos, como se vio en Nueva York o recientemente en Minneapolis, donde miles de personas salieron a la calle pese al frío para protestar contra las redadas de inmigración.

 

En Europa también debemos organizarnos para exigir a nuestros representantes coherencia y acción real, no solo declaraciones a la prensa. Es hora de salir a la calle, de mostrar solidaridad con quienes sufren, de visibilizar la miseria y el dolor que generan estas políticas.

 

Somos muchas las personas dispuestas a trabajar por una Europa y un mundo más humanistas.

Una Europa de la alegría y no del miedo.

De la solidaridad y no del militarismo.

De la cooperación y no del negocio sin ética.

 

Una Europa de derechos, de dignidad y de memoria histórica, capaz de reconocer su responsabilidad colonial y de apostar por el diálogo con el Sur Global.

 

Una Europa que no deje a nadie atrás. Que garantice trabajo y vivienda a su juventud. Donde ninguna mujer sea asesinada por violencia machista. Que cuide a sus mayores. Que valore la interculturalidad.

 

Una Europa que combata la exclusión, que apueste por los cuidados y por el planeta.

Que retome el liderazgo climático y sitúe el bien común global en el centro.

 

Aún estamos lejos de esa Europa. Pero si trabajamos en red, si superamos los matices que nos separan, estaremos más cerca de conseguirla.

 

Y mientras tanto, que se nos vea en la calle.

Y que se nos vea en la política.

 

JCVV- El Internacionalista convencido

 

 


sábado, 3 de enero de 2026

Estados Unidos ha atacado a Venezuela militarmente tras muchos años de hacerlo por otros medios.

 


Conviene destacar que Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo y es uno de los países líderes de América Latina en reservas de oro. Sin embargo, en los últimos años se ha visto obligada a desprenderse de una parte importante de ese oro para obtener liquidez debido a las sanciones estadounidenses. A ello se suma que el Banco de Inglaterra mantiene retenidas desde hace más de seis años 31 toneladas de oro venezolano.

A esta pérdida de capital hay que añadir las sanciones unilaterales promovidas por Estados Unidos, aplicadas a través del sistema financiero internacional, que mantienen bloqueados desde hace años más de 22.000 millones de dólares pertenecientes al Estado venezolano.

No hay que olvidar que Venezuela es también un país estratégico por sus enormes reservas de minerales esenciales para la tecnología moderna y la transición energética, como el hierro, el coltán, la bauxita, los diamantes, el níquel, el cobre y 17 tierras raras presentes en su territorio. Todo ello no constituye un hecho aislado, sino que forma parte de una estrategia global de dominación y control.

Desde que Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales en diciembre de 1998, con un lenguaje mordaz, directo y popular, logró desbancar a los partidos tradicionales. Enarbolando el soberanismo bolivariano, prometió al pueblo venezolano luchar contra la corrupción y la pobreza, impulsando una nueva Constitución orientada a construir una nueva Venezuela, donde se priorizara la salud y el bienestar de las clases populares, aprovechando los altos precios del petróleo.

A finales de 2004, el gobierno de Hugo Chávez, junto al gobierno de la República de Cuba, puso en marcha el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), como alternativa al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) impulsada por Estados Unidos.

En 2005, Venezuela lanzó Telesur, una plataforma informativa latinoamericana alternativa a CNN, eligiendo una fecha de alto valor simbólico: el 24 de julio, aniversario del nacimiento de Simón Bolívar.

En 2007, el país completó la nacionalización del petróleo, asumiendo el control total de la Faja Petrolífera del Orinoco.

Son precisamente estas y otras acciones soberanistas las que intimidan a un sistema internacional injusto, sustentado históricamente en la esclavitud, la explotación y la colonización de los países del Sur Global.

Ya en 1823, el quinto presidente de Estados Unidos, James Monroe, proclamó la doctrina de “América para los americanos”, advirtiendo a las potencias europeas de que cualquier intento de colonización o intervención en el continente sería considerado un acto hostil contra Estados Unidos. Aunque entonces aún no contaba con una gran capacidad militar, esta se consolidó posteriormente tras arrebatar estratégicamente a España Cuba y Puerto Rico, territorios clave para el control económico y geoestratégico del Caribe.

A comienzos del siglo XX, tras la Revolución Liberal Restauradora, y en el contexto de la guerra civil venezolana, Reino Unido, Alemania e Italia impusieron en 1902 un bloqueo naval para reclamar el pago de deudas y compensaciones. Ante el riesgo de perder su hegemonía regional, Estados Unidos intervino diplomática y militarmente para desplazar a las potencias europeas, asumiendo su papel de “policía internacional” en América Latina.

La Realpolitik sigue plenamente vigente: la economía y el poder militar se sitúan por encima de la ética, la ideología o el derecho internacional. Esto se ha evidenciado con claridad en el genocidio en Palestina, que ha servido como campo de pruebas para medir la reacción de la opinión pública mundial, demostrando que esta no ha sido suficiente para frenar los planes de las grandes potencias. El objetivo final es frenar a China a cualquier precio, aunque ello suponga poner el mundo patas arriba.

Para ello, necesitan también una Europa sumisa y cómplice, dispuesta a endeudarse para atender las exigencias de Estados Unidos, como se ha visto en el marco de la OTAN y la guerra de Ucrania; o, peor aún, dominada por movimientos reaccionarios y ultranacionalistas. De este modo, su maquinaria de guerra queda libre para intervenir en Irán, Venezuela, Nigeria, Cuba, Colombia o Panamá; incluso para plantear la anexión de Groenlandia o la conversión de Canadá en su 51.º Estado. El objetivo es claro: cortocircuitar el mundo.

¿Quién puede creer realmente que lo que preocupa a Occidente es si el presidente Maduro manipuló o no las actas electorales? ¿Qué se puede esperar de un país como Estados Unidos, responsable de cientos de guerras y conflictos internacionales, siempre justificadas en nombre de la democracia, el anticomunismo, la seguridad nacional o la defensa de intereses económicos y estratégicos, tanto mediante intervenciones militares directas como a través de operaciones encubiertas?

¿Y qué cabe esperar de una Europa clasista, incapaz de renunciar a sus viejas aspiraciones coloniales y dependiente de Estados Unidos para mantener un supuesto “privilegio” global, sin haber reparado el saqueo cometido durante 300 años de esclavitud y 200 de colonización?

Mientras tanto, la izquierda mundial ha sido poco estratégica. Observar pasivamente y acercarse al neoliberalismo ha terminado por enredarla en él. Ni siquiera las democracias occidentales han sabido apostar por un nuevo humanismo capaz de alejarnos del capitalismo salvaje o, peor aún, de la barbarie. De poco han servido también las religiones que durante siglos pretendieron dar sentido a la vida mediante una supuesta ética universal.

¿Dónde queda la soberanía de los pueblos, especialmente la de aquellos países estratégicos por sus recursos naturales o su posición geopolítica?

¿Dónde están unas Naciones Unidas capaces de restablecer el orden y la justicia internacional?

Es imprescindible generar movilización frente a la antipolítica, los discursos de odio y la corrupción. Es necesario fortalecer la confianza en una política ética y democrática, que apueste por un nuevo internacionalismo humanista, orientado a traducir el malestar social en propuestas y acciones políticas transformadoras, capaces de frenar el trumpismo y las derivas autoritarias antes de que se consoliden de forma irreversible.

También es fundamental invertir tiempo y energía en la renovación democrática, eliminando burocracias obsoletas e impulsando democracias éticas, no controladas por los poderes económicos ni por las élites, y que garanticen igualdad, oportunidades para todas y todos, justicia, paz y un reparto equitativo de la riqueza.

Debemos buscar puntos de unión y sembrar empatía, alejándonos de la moralina y de la falsa superioridad moral que a veces emerge desde los activismos por el cambio. Es necesario construir alternativas desde la emoción, el cariño y el cuidado mutuo, para que nadie quede atrás.

Necesitamos relatos que nos unan, que nos recuerden que no estamos solos y que somos muchas las personas que creemos que el mundo puede ser diferente.

Para ello, es imprescindible invertir en talento humano, aprovechar la experiencia acumulada —tanto de los aciertos como de los errores— y proponer estrategias claras y viables de acción, generando redes de colaboración multiétnicas, multirreligiosas e intergeneracionales que nos permitan construir alternativas realistas y, de este modo, llegar cada vez más lejos.

JCVV - el Internacionalista convencido

Trump, Cuba y la arrogancia del poder

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