Apostar por las guerras es entrar en una espiral que no tiene fin.
Estados Unidos está empujando al mundo a rearmarse hasta los dientes. No se trata solo de aumentar los presupuestos militares: se está configurando un nuevo tablero geopolítico cuyo objetivo es frenar el ascenso de China. El trumpismo sabe que no podría hacerlo en solitario, por eso necesita alinear a Europa, a Israel, a los países del Golfo y a las potencias del Pacífico en una misma lógica de confrontación: un rearme militar como nunca se ha visto en la historia.
En este escenario mundial, como siempre ocurre en las guerras, las personas que morirán o sufrirán tendrán colores de piel distintos, hablarán lenguas diferentes y tendrán rostros diversos. Pero compartirán algo esencial: pertenecerán, en su mayoría, a las mismas clases sociales.
Como siempre, primero sufrirán las clases más empobrecidas. Después, las clases medias. Y, como tantas veces se ha visto —y tantas personas han padecido a lo largo de la historia—, serán las élites económicas las que tengan más probabilidades de sobrevivir al posible apocalipsis de una nueva confrontación global.
Pero incluso esa supervivencia será temporal. Cuando solo queden las oligarquías, cuando ya no haya pueblos que sacrificar ni clases que explotar, terminarán devorándose entre ellas. O quizá acaben aniquiladas, o simplemente dominadas por la robótica y la inteligencia artificial.
Porque la historia ha demostrado una y otra vez que los imperios y las civilizaciones no caen solo por la presión externa: también se pudren desde dentro, por la propia avidez humana, la falta de empatía y la dejadez moral.
Por eso hoy resulta más necesario que nunca recuperar una cultura política basada en la responsabilidad global, en el respeto al derecho internacional y en la defensa del Bien Común Global.
Frente a los discursos belicistas, insumisión.
Frente a quienes normalizan la guerra como si fuera una herramienta política más, desobediencia civil.
La paz se construye con políticas concretas: educación, cooperación internacional, justicia social, diálogo entre pueblos y respeto a los derechos humanos.
La paz y la justicia son elecciones colectivas. Por eso
debemos adoptar decisiones que las hagan posibles, empezando por negarnos a
aceptar la guerra como algo normal.
Que ninguna garganta humana se quede sin gritar:
¡No a la guerra!
Si las guerras se crean desde el poder, también se pueden
frenar desde la calle.
No te quedes en casa.
¡Pasa a la acción!

Completamente de acuerdo
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