Estados Unidos vulnera el derecho internacional, persigue de manera amenazante a las personas migrantes, lleva a cabo asesinatos extrajudiciales, amenaza a sus propios socios y se comporta como amigo o enemigo de forma imprevisible, llegando incluso a lanzar amenazas militares contra otro país de la OTAN.
Recientemente, ocho países europeos —Dinamarca, Finlandia,
Francia, Países Bajos, Noruega, Suecia, Reino Unido y Alemania— enviaron
soldados a Groenlandia, al tiempo que publicaban un comunicado conjunto donde
afirmaban su compromiso con la defensa de la soberanía de la isla y su
disposición a entablar un diálogo con Estados Unidos basado en los principios
de soberanía e integridad territorial, que aseguraban defender firmemente.
La respuesta de Trump no se hizo esperar: anunció una fuerte
subida de aranceles para estos países, medida que más tarde retiró.
Cabe destacar, de forma casi chistosa, que a algunas
generaciones esto les recuerda al humor del ya fallecido Miguel Gila, el
monologuista que nos hacía reír con su magnífica sátira sobre la guerra,
popular en las décadas de 1950 y 1960. Porque los ocho países europeos enviaron
menos de 40 soldados a Nuuk, capital de Groenlandia, y a los dos días Alemania
retiró su aportación de unos 15 militares: parece ser que en ese tiempo su
“misión de reconocimiento” ya había terminado… en la isla más grande del mundo.
En Europa hay mucho ruido y pocas nueces. Una vez más, se
aguanta la falta de respeto de EE. UU. al derecho internacional y se permite
que su presidente haga política populista en el Viejo Continente, aventando un
nuevo orden mundial basado en la fuerza y la violencia, siempre que quien lo
ejerza sea Estados Unidos.
La UE afirma que ha dado una respuesta firme frente a Donald
Trump, pero la realidad recuerda demasiado al pasado, cuando una Europa
debilitada cedió ante las exigencias territoriales de Hitler en 1938,
permitiendo la anexión alemana de los Sudetes zonas limítrofes de
Checoslovaquia donde Alemania tenía intereses.
En este caso, el “triunfo” europeo consiste en que Dinamarca
sigue manteniendo formalmente Groenlandia, pero EE. UU. podrá aplicar los
acuerdos impuestos en 1951 tras la Segunda Guerra Mundial, otorgando a
Washington amplios poderes de actuación sobre la estratégica isla. Poderes
necesarios para su sistema de defensa “Cúpula Dorada”, que costará millones de
dólares, reforzará la presencia de la OTAN y, lo más significativo, le dará
influencia directa sobre inversiones estratégicas y tierras raras.
Un esquema similar utilizó el año pasado en Ucrania para
asegurarse minerales estratégicos de un país en guerra. Lo hemos visto
recientemente en Venezuela con el petróleo. Ahora se repite en el Ártico.
Mañana, quién sabe: quizá Canadá, quizá algún país africano, de Asia o de Oriente Medio. ¿Y quién pagará todo esto?
Probablemente los bolsillos europeos. Para eso sí nos quiere el emperador
Trump.
Europa ha cedido de nuevo a los intereses de Washington. La
UE y Dinamarca han aceptado una concesión simbólica: que Groenlandia siga
siendo formalmente danesa. Pero, como en 1951, la soberanía de la isla quedará
reducida a un concepto meramente administrativo.
Una Europa desorientada, perdida entre el humo espeso del trumpismo
Una vez más, mucho ruido para tan pocas nueces. Europa es
incapaz de mantener su papel en un mundo en el que se está quedando atrás. No
solo por la confrontación entre las dos grandes potencias de este siglo —China
y EE. UU.— sino porque parte de sus antiguas colonias emergen con fuerza en el
Sur Global.
Su falta de capacidad tecnológica, de previsión estratégica
y de cohesión interna entre los países de la Unión —sin olvidar su extraña
relación con el Reino Unido— la llevan a esa imposibilidad de tener una postura
firme en el nuevo tablero mundial.
Es una Europa que teme rejuvenecerse con la inmigración, que
se queda atrás en las nuevas tecnologías y en su propia industria, y que
intenta convencer a la opinión pública de que todo se solucionará invirtiendo
en armas y ejércitos.
No. Así lo único que conseguiremos es acercarnos más al
abismo de una futura confrontación mundial.
Si Europa quiere encontrar su lugar en el mundo, debe
hacerlo apostando por la igualdad y los derechos humanos. Debería recuperar su
Agenda Verde, ya debilitada tras el estallido de la guerra de Ucrania en 2022 y
posteriormente erosionada por las presiones de su socio americano, que veía
peligrar sus intereses económicos y estratégicos.
El año pasado, Trump ya humilló a la Unión Europea con un
acuerdo comercial que supuso aranceles del 15 %, la obligación de compras
masivas de energía estadounidense por valor de 750.000 millones de euros en
tres años, inversiones europeas en EE. UU. por 600.000 millones de dólares y
una gran adquisición de armamento norteamericano, además de la apertura del
mercado europeo a sus productos sin aranceles equivalentes.
El emperador y el silencio cómplice
Pero si no recuperamos el valor ético de la política, poco
podremos hacer. El pensamiento conservador avanza en Europa, el trumpismo da
alas al extremismo populista y los grandes poderes económicos europeos acabarán
sumándose al caballo ganador.
Silencios. Demasiados silencios para no incomodar el ego del emperador. Silencio ante asesinatos extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico; ante el secuestro de un presidente y su compañera; ante ataques militares sin informar a Naciones Unidas; ante la injerencia política en otros países e incluso ante amenazas a dirigentes de países como Colombia o México.
O ante las supuestas reticencias europeas a la “Junta de
Paz” impulsada por Trump en Davos: un juego de Monopoly en la destruida ribera
palestina que se parece más a una operación inmobiliaria que a un proceso real
de resolución de conflictos. El emperador norteamericano elige quién juega y
quién no. Entre los invitados: Putin, Milei, Mohamed VI, Erdoğan… todo “hombres”
decidiendo sobre guerra y reconstrucción. Ninguna persona palestina en la mesa.
Quien quiera un asiento permanente deberá pagar 1.000
millones de dólares. Una barbaridad y un grave insulto a Naciones Unidas, el
único organismo internacional que, pese a sus deficiencias, podría poner algo
de orden en este desorden mundial.
El mensaje es claro: el nuevo Nerón exige que paguemos sus
caprichos —Gaza, Ucrania, Groenlandia, inversiones estratégicas— mientras los
beneficios se concentran en el corazón del imperio.
Otra Europa es posible
Pero somos muchas las personas que queremos otra Europa.
Muchas también dentro de Estados Unidos, como se vio en Nueva York o
recientemente en Minneapolis, donde miles de personas salieron a la calle pese
al frío para protestar contra las redadas de inmigración.
En Europa también debemos organizarnos para exigir a
nuestros representantes coherencia y acción real, no solo declaraciones a la
prensa. Es hora de salir a la calle, de mostrar solidaridad con quienes sufren,
de visibilizar la miseria y el dolor que generan estas políticas.
Somos muchas las personas dispuestas a trabajar por una
Europa y un mundo más humanistas.
Una Europa de la alegría y no del miedo.
De la solidaridad y no del militarismo.
De la cooperación y no del negocio sin ética.
Una Europa de derechos, de dignidad y de memoria histórica,
capaz de reconocer su responsabilidad colonial y de apostar por el diálogo con
el Sur Global.
Una Europa que no deje a nadie atrás. Que garantice trabajo
y vivienda a su juventud. Donde ninguna mujer sea asesinada por violencia
machista. Que cuide a sus mayores. Que valore la interculturalidad.
Una Europa que combata la exclusión, que apueste por los
cuidados y por el planeta.
Que retome el liderazgo climático y sitúe el bien común
global en el centro.
Aún estamos lejos de esa Europa. Pero si trabajamos en red,
si superamos los matices que nos separan, estaremos más cerca de conseguirla.
Y mientras tanto, que se nos vea en la calle.
Y que se nos vea en la política.
JCVV- El Internacionalista convencido

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