Trump presume con arrogancia que será “un gran honor” tomar
Cuba: “Puedo hacer lo que quiera con ella”.
Escuchar estas palabras de Donald Trump eriza el cuerpo.
Parece que hablara de una de esas chicas jóvenes reclutadas por el pederasta
confeso Jeffrey Epstein para el disfrute del poder.
No, señor Trump. Pase lo que pase, usted nunca podrá hacer
con Cuba —ni con ningún lugar del mundo— lo que quiera. Ningún violador obtiene
nada verdadero de su víctima, salvo odio y rencor. No obtendrá ningún beneficio
real ni afectivo de los desastres y crímenes que genera el abuso del poder.
Cuando le toque partir, nadie le recordará por su sensatez, su ética o su
honestidad. No, usted se marchará como todo el mundo, con las manos vacías.
Pero las suyas estarán profundamente manchadas por sus crímenes y abusos.
Es triste lo que está ocurriendo en Cuba, pero más triste
aún ver cómo el mundo no se rebela contra este asedio norteamericano que dura
ya 67 años. Una especie de gota malaya que culmina ahora con una grave
restricción del combustible: una puntilla que castiga a toda la población,
niñas y niños, adultos y personas mayores. Un bloqueo de combustible que afecta
por igual a hospitales, escuelas, centros de mayores y al resto de la población
civil.
Conozco Cuba desde hace muchos años. Empecé a hacer
cooperación solidaria con el país en la época que se denominó “Período
Especial”, cuando la isla se quedó sin sus socios comerciales tras la caída de
la Unión Soviética en los años noventa. Desde entonces sigo ahí, pasito a
pasito.
En todo este tiempo me ha pasado de todo: cosas buenas y
otras no tanto. Pero siempre me ha alentado encontrarme con gente honesta,
dispuesta a seguir adelante pese a los bloqueos externos e incluso a las
dificultades internas.
He visto cómo, año tras año, las cubanas y los cubanos
inventaban innumerables herramientas y estrategias para sobrevivir.
He visto errores políticos de primera mano —algo que siempre
me ha dolido—, pero también he visto en la isla la dignidad de muchas personas que
despertaron mi respeto y admiración.
El mundo se ha beneficiado durante años de la solidaridad
cubana y de su rebeldía frente al imperialismo y al gran capital, algo que las
élites económicas y políticas que dominan el mundo nunca han perdonado.
Cuba, una pequeña isla del Caribe, logró dar dignidad al
mundo, sobre todo a los países del Sur Global. Demostró desde el inicio de la
revolución la importancia de la educación y la salud universales, algo que supo
compartir con el resto del mundo.
Durante la pandemia no solo fue capaz de desarrollar sus
propias vacunas, sino también de compartirlas de manera solidaria con otros
países. Algo que no hicieron muchos de los países enriquecidos.
Este 20 de marzo se cumplen diez años de la visita oficial a
Cuba de Barack Obama, presidente de Estados Unidos. Fue la primera visita de un
presidente estadounidense a la isla en casi un siglo. Cuba, quizá por el
desgaste acumulado, se dejó seducir por el “swing” de Obama, cayendo en la
vieja táctica del policía bueno y el policía malo. Aquello generó
endeudamiento, desgaste institucional y expectativas que nunca llegaron a
cumplirse.
Europa, por su parte, siempre ha estado ahí, disfrutando del
bonito paisaje caribeño, como tantas veces: inmóvil, dividida, presente pero
ausente.
Ahora, cuando el mundo da la espalda a Cuba, al gobierno
cubano no le queda otra que negociar con Washington. Pero esto difícilmente
puede llamarse negociación: es más bien un saqueo y una nueva violación del
derecho internacional, y sin embargo, parece que nos estamos acostumbrando a
ello. Lo vemos en los abusivos aranceles impuestos al resto del mundo o, lo que
es aún más grave, en las toneladas de bombas que destruyeron Gaza, en los misiles que siembran muerte en el Caribe o en los ataques contra Irán.
¿Qué le pasa al mundo?
¿Y qué nos está pasando a todas y todos nosotros para no
reaccionar?
Tal vez se explique porque el espectáculo trumpista nos
paraliza. Tal vez por un consumo absurdo que nos entretiene o por unas redes
sociales dominadas por algoritmos que nos aíslan y nos anestesian.
Si no somos capaces de rebelarnos contra la especulación con
la vivienda, la salud o la educación en nuestras propias sociedades, ¿cómo
vamos a comprender lo que sufren nuestras hermanas y hermanos de Cuba, Sudán, Sahara, Palestina, Líbano o de cualquier otro lugar donde exista abuso de poder?
Y sin embargo, aunque a veces parezca que todo está perdido,
la salida sigue estando ahí, delante de nuestras narices. Solo tenemos que
salir a la calle y poner en práctica el valor de la solidaridad y la empatía,
por nuestro pueblo y por todos los pueblos del mundo.
Se acerca la primavera, y esta estación es siempre un buen
momento para sembrar los frutos de un nuevo futuro.
JCVV - El Internacionalista convencido