martes, 17 de marzo de 2026

Trump, Cuba y la arrogancia del poder

 

Trump presume con arrogancia que será “un gran honor” tomar Cuba: “Puedo hacer lo que quiera con ella”.

 Escuchar estas palabras de Donald Trump eriza el cuerpo. Parece que hablara de una de esas chicas jóvenes reclutadas por el pederasta confeso Jeffrey Epstein para el disfrute del poder.

 No, señor Trump. Pase lo que pase, usted nunca podrá hacer con Cuba —ni con ningún lugar del mundo— lo que quiera. Ningún violador obtiene nada verdadero de su víctima, salvo odio y rencor. No obtendrá ningún beneficio real ni afectivo de los desastres y crímenes que genera el abuso del poder. Cuando le toque partir, nadie le recordará por su sensatez, su ética o su honestidad. No, usted se marchará como todo el mundo, con las manos vacías. Pero las suyas estarán profundamente manchadas por sus crímenes y abusos.

 Es triste lo que está ocurriendo en Cuba, pero más triste aún ver cómo el mundo no se rebela contra este asedio norteamericano que dura ya 67 años. Una especie de gota malaya que culmina ahora con una grave restricción del combustible: una puntilla que castiga a toda la población, niñas y niños, adultos y personas mayores. Un bloqueo de combustible que afecta por igual a hospitales, escuelas, centros de mayores y al resto de la población civil.

 Conozco Cuba desde hace muchos años. Empecé a hacer cooperación solidaria con el país en la época que se denominó “Período Especial”, cuando la isla se quedó sin sus socios comerciales tras la caída de la Unión Soviética en los años noventa. Desde entonces sigo ahí, pasito a pasito.

 En todo este tiempo me ha pasado de todo: cosas buenas y otras no tanto. Pero siempre me ha alentado encontrarme con gente honesta, dispuesta a seguir adelante pese a los bloqueos externos e incluso a las dificultades internas.

 He visto cómo, año tras año, las cubanas y los cubanos inventaban innumerables herramientas y estrategias para sobrevivir.

 He visto errores políticos de primera mano —algo que siempre me ha dolido—, pero también he visto en la isla la dignidad de muchas personas que despertaron mi respeto y admiración.

 El mundo se ha beneficiado durante años de la solidaridad cubana y de su rebeldía frente al imperialismo y al gran capital, algo que las élites económicas y políticas que dominan el mundo nunca han perdonado.

 Cuba, una pequeña isla del Caribe, logró dar dignidad al mundo, sobre todo a los países del Sur Global. Demostró desde el inicio de la revolución la importancia de la educación y la salud universales, algo que supo compartir con el resto del mundo.

 Durante la pandemia no solo fue capaz de desarrollar sus propias vacunas, sino también de compartirlas de manera solidaria con otros países. Algo que no hicieron muchos de los países enriquecidos.

 Este 20 de marzo se cumplen diez años de la visita oficial a Cuba de Barack Obama, presidente de Estados Unidos. Fue la primera visita de un presidente estadounidense a la isla en casi un siglo. Cuba, quizá por el desgaste acumulado, se dejó seducir por el “swing” de Obama, cayendo en la vieja táctica del policía bueno y el policía malo. Aquello generó endeudamiento, desgaste institucional y expectativas que nunca llegaron a cumplirse.

 Europa, por su parte, siempre ha estado ahí, disfrutando del bonito paisaje caribeño, como tantas veces: inmóvil, dividida, presente pero ausente.

 Ahora, cuando el mundo da la espalda a Cuba, al gobierno cubano no le queda otra que negociar con Washington. Pero esto difícilmente puede llamarse negociación: es más bien un saqueo y una nueva violación del derecho internacional, y sin embargo, parece que nos estamos acostumbrando a ello. Lo vemos en los abusivos aranceles impuestos al resto del mundo o, lo que es aún más grave, en las toneladas de bombas que destruyeron Gaza, en los misiles que siembran muerte en el Caribe o en los ataques contra Irán.

¿Qué le pasa al mundo?

¿Y qué nos está pasando a todas y todos nosotros para no reaccionar?

Tal vez se explique porque el espectáculo trumpista nos paraliza. Tal vez por un consumo absurdo que nos entretiene o por unas redes sociales dominadas por algoritmos que nos aíslan y nos anestesian.

 Si no somos capaces de rebelarnos contra la especulación con la vivienda, la salud o la educación en nuestras propias sociedades, ¿cómo vamos a comprender lo que sufren nuestras hermanas y hermanos de Cuba, Sudán, Sahara, Palestina, Líbano o de cualquier otro lugar donde exista abuso de poder?

 Y sin embargo, aunque a veces parezca que todo está perdido, la salida sigue estando ahí, delante de nuestras narices. Solo tenemos que salir a la calle y poner en práctica el valor de la solidaridad y la empatía, por nuestro pueblo y por todos los pueblos del mundo.

 Se acerca la primavera, y esta estación es siempre un buen momento para sembrar los frutos de un nuevo futuro.

JCVV - El Internacionalista convencido 

domingo, 15 de marzo de 2026

Una guerra tras otra


 Apostar por las guerras es entrar en una espiral que no tiene fin.

Estados Unidos está empujando al mundo a rearmarse hasta los dientes. No se trata solo de aumentar los presupuestos militares: se está configurando un nuevo tablero geopolítico cuyo objetivo es frenar el ascenso de China. El trumpismo sabe que no podría hacerlo en solitario, por eso necesita alinear a Europa, a Israel, a los países del Golfo y a las potencias del Pacífico en una misma lógica de confrontación: un rearme militar como nunca se ha visto en la historia.

En este escenario mundial, como siempre ocurre en las guerras, las personas que morirán o sufrirán tendrán colores de piel distintos, hablarán lenguas diferentes y tendrán rostros diversos. Pero compartirán algo esencial: pertenecerán, en su mayoría, a las mismas clases sociales.

Como siempre, primero sufrirán las clases más empobrecidas. Después, las clases medias. Y, como tantas veces se ha visto —y tantas personas han padecido a lo largo de la historia—, serán las élites económicas las que tengan más probabilidades de sobrevivir al posible apocalipsis de una nueva confrontación global.

Pero incluso esa supervivencia será temporal. Cuando solo queden las oligarquías, cuando ya no haya pueblos que sacrificar ni clases que explotar, terminarán devorándose entre ellas. O quizá acaben aniquiladas, o simplemente dominadas por la robótica y la inteligencia artificial.

Porque la historia ha demostrado una y otra vez que los imperios y las civilizaciones no caen solo por la presión externa: también se pudren desde dentro, por la propia avidez humana, la falta de empatía y la dejadez moral. 

Por eso hoy resulta más necesario que nunca recuperar una cultura política basada en la responsabilidad global, en el respeto al derecho internacional y en la defensa del Bien Común Global.

Frente a los discursos belicistas, insumisión.

Frente a quienes normalizan la guerra como si fuera una herramienta política más, desobediencia civil.

La paz se construye con políticas concretas: educación, cooperación internacional, justicia social, diálogo entre pueblos y respeto a los derechos humanos.

La paz y la justicia son elecciones colectivas. Por eso debemos adoptar decisiones que las hagan posibles, empezando por negarnos a aceptar la guerra como algo normal.

Que ninguna garganta humana se quede sin gritar:

¡No a la guerra!

Si las guerras se crean desde el poder, también se pueden frenar desde la calle.

No te quedes en casa.

¡Pasa a la acción!

El Internacionalista convencido  

domingo, 8 de marzo de 2026

Salud y libertad 8 de marzo

 



Creo que ninguna mujer querría volver a los tiempos en los que no podía votar, abrir una cuenta bancaria sin permiso de su marido o en los que era visto como algo extraño que una mujer llegara a la universidad o simplemente quisiera ponerse unos pantalones.


Y, sin embargo, pese a todo lo avanzado, hoy vemos cómo desde algunos sectores políticos se vuelven a lanzar consignas contra el feminismo y se intenta reforzar normas tradicionales de género que durante siglos limitaron la libertad y la igualdad de las mujeres.


La historia también nos recuerda uno de los episodios más oscuros de Europa: la persecución y quema de miles de mujeres acusadas de brujería. Muchas de ellas eran parteras, sanadoras y mujeres medicina, conocedoras de saberes ancestrales sobre la salud y los cuidados comunitarios. Su persecución no solo fue un crimen contra ellas, también para las miles de mujeres y hombres que dejaron de ser atendidas por estas mujeres. Pero  también supuso la pérdida de conocimientos esenciales para muchas comunidades.



Hoy, en pleno siglo XXI, millones de mujeres siguen viviendo bajo formas de apartheid de género, con menos derechos, menos oportunidades y mayores niveles de violencia. Y siguen siendo también quienes más sufren las consecuencias de las guerras y los conflictos armados que casi siempre deciden los hombres.


Por eso el feminismo es, ante todo, un sí a la vida.

Una voz por la igualdad, la dignidad y la justicia.


Pero también es una voz profundamente pacifista, porque no puede haber paz duradera en un mundo donde la mitad de la humanidad vive con menos derechos que la otra mitad y sufre en muchos casos una violencia continua.


El feminismo es, en el fondo, una defensa del Bien Común Global: una propuesta de sociedades más justas, más igualitarias y más humanas.


Un camino que no corresponde recorrer solo a las mujeres. 


Los hombres también debemos estar ahí, empujando una transformación  por la igualdad de género.


Hoy, en este día de conmemoración y lucha  sobre los avances logrados y las desigualdades que aún sufre la mitad de la población mundial —las mujeres—, es también un día de reflexión y compromiso para la otra mitad: los hombres.


Este es un camino compartido, es una causa de toda la humanidad.


Porque sin igualdad no hay justicia,

y sin justicia no hay paz.


No a la guerra. 


¡Salud y libertad 8 de Marzo! 


El Internacionalista convencido


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