viernes, 30 de enero de 2026

“Todas las personas somos migrantes”

 


Cuando me levanto por la mañana para ir a trabajar y comprar el periódico, los pocos bares que veo abiertos están regentados por personas de origen extranjero. En estos lugares también veo a varios hombres esperando a que les recojan para ir a trabajar: albañiles, carpinteros, electricistas y un montón de gremios más que hoy se ocupan de tareas que antes realizaban mayoritariamente personas autóctonas.

 

A las mujeres las veo menos, porque la mayoría trabaja en el sector servicios, donde desempeñan labores de cuidados a personas mayores, servicio doméstico, hostelería y limpieza. La población inmigrante en España ronda los 10 millones de personas, siendo las mujeres algo más de la mitad.

 

Este mes de enero que dejamos atrás, el Gobierno de España ha puesto en marcha un nuevo plan para regularizar a personas migrantes, una medida que no se veía desde hace más de 20 años. Este plan ha sido impulsado por el partido de  izquierda Podemos  y acordado con el Partido Socialista, una iniciativa que llevaban años reclamando organizaciones sociales, plataformas, ONG y entidades cristianas, entre otras.


 España sufrió un gran golpe con la crisis económica de 2008, provocada en Estados Unidos. Esta crisis afectó con especial dureza a la población inmigrante, ya que muchas de estas personas estaban vinculadas a la construcción y acabaron en el desempleo. Ese mismo año, el Gobierno de Zapatero implementó el “Plan de Retorno Voluntario”, una medida que permitía a personas inmigrantes extracomunitarias cobrar la prestación por desempleo acumulada en España en sus países de origen, a cambio de no volver durante un periodo de tres años.


 A pesar del duro golpe que sufrió el país, y la población migrante en particular, estas personas fueron clave para revitalizar el Estado de bienestar y la Seguridad Social tanto antes como durante la crisis. Con un alto nivel de cotización, su aportación fue muy importante para las arcas públicas. Otro dato relevante es que, en ese mismo periodo, grandes empresas españolas obtenían beneficios en América Latina. Sin las personas migrantes cotizando en España y sin los beneficios de estas empresas en el exterior, la crisis económica en España habría sido aún más profunda.

 

Muchas personas invisibles, además de hacer colas en busca de su regularización, estarán llorando de alegría. Algo parecido deberíamos estar haciendo el resto de la ciudadanía, en primer lugar, por un tema de derechos humanos —algo que hace mucha falta en esta época— y también porque estas personas son clave para el funcionamiento de la sociedad.

 

Pero en derechos humanos y justicia queda mucho por hacer. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), existe una brecha muy importante en la renta media entre hogares según la nacionalidad: los hogares con nacionalidad española tienen una renta media entre un 60 % y un 67 % superior a la de los hogares con nacionalidad no comunitaria. Es decir, pese a que muchas personas inmigrantes están trabajando, cotizando a la Seguridad Social y pagando impuestos, lo siguen haciendo en condiciones de gran vulnerabilidad: salarios bajos, largas jornadas irregulares y un miedo constante a ser expulsadas.

 

En Estados Unidos, donde se está llevando a cabo una gran represión y persecución de personas migrantes, ha habido un fuerte apoyo por parte de la sociedad mediante protestas masivas contra la impunidad y la brutalidad del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). En más de 70 ciudades se han concentrado cientos de miles de personas, todo un ejemplo de compromiso ciudadano. Un compromiso que ha costado la vida a personas como Renée Nicole Good, poeta y madre de familia, de 37 años, y Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos de la misma edad. Ambos murieron en Minneapolis  por disparos de los agentes de la ICE mientras protestaban  por las acciones de este cuerpo conta las personas inmigrantes.

 

Toda esta participación intergeneracional tiene que ver con la construcción de un país donde, de una manera u otra, casi todas las personas tienen una historia ligada a la migración. En Estados Unidos nadie es ajeno a la inmigración, ya que el país ha crecido con ella.


 En el País Vasco, y me imagino que también en el resto del Estado español, no se vive de la misma manera porque hemos olvidado que durante el franquismo, entre 1959 y 1973, alrededor de dos millones de personas emigraron a otros países europeos en busca de oportunidades laborales y de dinero para enviar a sus familias. Muchas ni siquiera llegaron a aprender el idioma del país que las recibió, porque la población local apenas se relacionaba con ellas.


También ha quedado en el olvido que, en el caso del País Vasco, entre 1950 y 1975 la población aumentó en torno a 590.000 personas gracias a la inmigración interna procedente de otras partes del Estado, especialmente de Andalucía, Extremadura, Castilla y Galicia. En muchos casos tampoco pudieron aprender euskera, ya que esta lengua sufrió una grave represión y prohibición durante la dictadura de Francisco Franco (1939–1975). En el mismo periodo, Cataluña recibió alrededor de 1,3 millones de personas, principalmente en el área de Barcelona, y también hubo fuertes movimientos migratorios hacia Madrid y Valencia.


Tal vez por esta pérdida de memoria histórica, o porque no se está dando una convivencia real con la población inmigrante, la migración se ve como un problema ajeno, que frecuentemente aparece en los medios como una amenaza y no como un gran aporte a nuestra sociedad. Quizá también influye la falta de personas racializadas en los medios de comunicación, en los partidos políticos y en los sindicatos. Basta ver lo poco representadas que están en los parlamentos y en los medios de comunicación.

 

Aquí la migración se percibe más como un tema social que identitario. Tal vez por eso quienes más se movilizan suelen ser personas mayores, vinculadas a movimientos solidarios, internacionalistas, de izquierdas o cristianos de base, que en su día se comprometieron con causas como Centroamérica, el Sáhara, Palestina…

 

Las generaciones más jóvenes, en cambio, a menudo no sienten que la política migratoria afecte directamente a su vida cotidiana. Pueden ver la migración desde una perspectiva solidaria, pero no siempre desde una identidad compartida, sin darse cuenta de que el mismo modelo que les impide independizarse, comprar una vivienda o encontrar un buen trabajo es el que explota a las personas que migran.

 

No basta con regular. Hay que romper barreras entre la población migrante y la población local. La cultura, las fiestas populares y los espacios culturales, creativos y educativos son clave para generar relaciones: casas de cultura, bibliotecas, centros cívicos. En mi generación la gente se encontraba a la entrada o salida de la parroquia; hoy hay una gran falta de espacios, sobre todo en algunas ciudades y pueblos, de convivencia social.

 

Hay que dejar de ver la migración como un problema de “otros”, que se soluciona con caridad. La migración es parte de los problemas de un sistema depredador e individualista que precariza a unos y enriquece a otros, aunque sea a costa de explotar a personas, países y pueblos, o al propio planeta.


Espero que con esta nueva regularización pueda ver a más personas migrantes simplemente como mis vecinas y vecinos, con quienes compartir el ocio y el disfrute de la vida.


JCVV- El Internacionalista Convencido

sábado, 24 de enero de 2026

La difícil relación de la UE con el nuevo emperador

 

 


Estados Unidos vulnera el derecho internacional, persigue de manera amenazante a las personas migrantes, lleva a cabo asesinatos extrajudiciales, amenaza a sus propios socios y se comporta como amigo o enemigo de forma imprevisible, llegando incluso a lanzar amenazas militares contra otro país de la OTAN.

 

Recientemente, ocho países europeos —Dinamarca, Finlandia, Francia, Países Bajos, Noruega, Suecia, Reino Unido y Alemania— enviaron soldados a Groenlandia, al tiempo que publicaban un comunicado conjunto donde afirmaban su compromiso con la defensa de la soberanía de la isla y su disposición a entablar un diálogo con Estados Unidos basado en los principios de soberanía e integridad territorial, que aseguraban defender firmemente.

 

La respuesta de Trump no se hizo esperar: anunció una fuerte subida de aranceles para estos países, medida que más tarde retiró.

 

Cabe destacar, de forma casi chistosa, que a algunas generaciones esto les recuerda al humor del ya fallecido Miguel Gila, el monologuista que nos hacía reír con su magnífica sátira sobre la guerra, popular en las décadas de 1950 y 1960. Porque los ocho países europeos enviaron menos de 40 soldados a Nuuk, capital de Groenlandia, y a los dos días Alemania retiró su aportación de unos 15 militares: parece ser que en ese tiempo su “misión de reconocimiento” ya había terminado… en la isla más grande del mundo.

 

En Europa hay mucho ruido y pocas nueces. Una vez más, se aguanta la falta de respeto de EE. UU. al derecho internacional y se permite que su presidente haga política populista en el Viejo Continente, aventando un nuevo orden mundial basado en la fuerza y la violencia, siempre que quien lo ejerza sea Estados Unidos.

 

La UE afirma que ha dado una respuesta firme frente a Donald Trump, pero la realidad recuerda demasiado al pasado, cuando una Europa debilitada cedió ante las exigencias territoriales de Hitler en 1938, permitiendo la anexión alemana de los Sudetes zonas limítrofes de Checoslovaquia donde Alemania tenía intereses.

 

En este caso, el “triunfo” europeo consiste en que Dinamarca sigue manteniendo formalmente Groenlandia, pero EE. UU. podrá aplicar los acuerdos impuestos en 1951 tras la Segunda Guerra Mundial, otorgando a Washington amplios poderes de actuación sobre la estratégica isla. Poderes necesarios para su sistema de defensa “Cúpula Dorada”, que costará millones de dólares, reforzará la presencia de la OTAN y, lo más significativo, le dará influencia directa sobre inversiones estratégicas y tierras raras.

 

Un esquema similar utilizó el año pasado en Ucrania para asegurarse minerales estratégicos de un país en guerra. Lo hemos visto recientemente en Venezuela con el petróleo. Ahora se repite en el Ártico. Mañana, quién sabe: quizá Canadá, quizá algún país africano, de Asia  o de Oriente Medio. ¿Y quién pagará todo esto? Probablemente los bolsillos europeos. Para eso sí nos quiere el emperador Trump.

 

Europa ha cedido de nuevo a los intereses de Washington. La UE y Dinamarca han aceptado una concesión simbólica: que Groenlandia siga siendo formalmente danesa. Pero, como en 1951, la soberanía de la isla quedará reducida a un concepto meramente administrativo.

 

Una Europa desorientada, perdida entre el humo espeso del trumpismo

Una vez más, mucho ruido para tan pocas nueces. Europa es incapaz de mantener su papel en un mundo en el que se está quedando atrás. No solo por la confrontación entre las dos grandes potencias de este siglo —China y EE. UU.— sino porque parte de sus antiguas colonias emergen con fuerza en el Sur Global.

 

Su falta de capacidad tecnológica, de previsión estratégica y de cohesión interna entre los países de la Unión —sin olvidar su extraña relación con el Reino Unido— la llevan a esa imposibilidad de tener una postura firme en el nuevo tablero mundial.

 

Es una Europa que teme rejuvenecerse con la inmigración, que se queda atrás en las nuevas tecnologías y en su propia industria, y que intenta convencer a la opinión pública de que todo se solucionará invirtiendo en armas y ejércitos.

 

No. Así lo único que conseguiremos es acercarnos más al abismo de una futura confrontación mundial.

 

Si Europa quiere encontrar su lugar en el mundo, debe hacerlo apostando por la igualdad y los derechos humanos. Debería recuperar su Agenda Verde, ya debilitada tras el estallido de la guerra de Ucrania en 2022 y posteriormente erosionada por las presiones de su socio americano, que veía peligrar sus intereses económicos y estratégicos.

 

El año pasado, Trump ya humilló a la Unión Europea con un acuerdo comercial que supuso aranceles del 15 %, la obligación de compras masivas de energía estadounidense por valor de 750.000 millones de euros en tres años, inversiones europeas en EE. UU. por 600.000 millones de dólares y una gran adquisición de armamento norteamericano, además de la apertura del mercado europeo a sus productos sin aranceles equivalentes.

 

El emperador y el silencio cómplice

 

Pero si no recuperamos el valor ético de la política, poco podremos hacer. El pensamiento conservador avanza en Europa, el trumpismo da alas al extremismo populista y los grandes poderes económicos europeos acabarán sumándose al caballo ganador.

 

Silencios. Demasiados silencios para no incomodar el ego del emperador. Silencio ante asesinatos extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico; ante el secuestro de un presidente y su compañera; ante ataques militares sin informar a Naciones Unidas; ante la injerencia política en otros países e incluso ante amenazas a dirigentes de países como Colombia o México.

 

O ante las supuestas reticencias europeas a la “Junta de Paz” impulsada por Trump en Davos: un juego de Monopoly en la destruida ribera palestina que se parece más a una operación inmobiliaria que a un proceso real de resolución de conflictos. El emperador norteamericano elige quién juega y quién no. Entre los invitados: Putin, Milei, Mohamed VI, Erdoğan… todo “hombres” decidiendo sobre guerra y reconstrucción. Ninguna persona palestina en la mesa.

 

Quien quiera un asiento permanente deberá pagar 1.000 millones de dólares. Una barbaridad y un grave insulto a Naciones Unidas, el único organismo internacional que, pese a sus deficiencias, podría poner algo de orden en este desorden mundial.

 

El mensaje es claro: el nuevo Nerón exige que paguemos sus caprichos —Gaza, Ucrania, Groenlandia, inversiones estratégicas— mientras los beneficios se concentran en el corazón del imperio.

 

Otra Europa es posible

 

Pero somos muchas las personas que queremos otra Europa. Muchas también dentro de Estados Unidos, como se vio en Nueva York o recientemente en Minneapolis, donde miles de personas salieron a la calle pese al frío para protestar contra las redadas de inmigración.

 

En Europa también debemos organizarnos para exigir a nuestros representantes coherencia y acción real, no solo declaraciones a la prensa. Es hora de salir a la calle, de mostrar solidaridad con quienes sufren, de visibilizar la miseria y el dolor que generan estas políticas.

 

Somos muchas las personas dispuestas a trabajar por una Europa y un mundo más humanistas.

Una Europa de la alegría y no del miedo.

De la solidaridad y no del militarismo.

De la cooperación y no del negocio sin ética.

 

Una Europa de derechos, de dignidad y de memoria histórica, capaz de reconocer su responsabilidad colonial y de apostar por el diálogo con el Sur Global.

 

Una Europa que no deje a nadie atrás. Que garantice trabajo y vivienda a su juventud. Donde ninguna mujer sea asesinada por violencia machista. Que cuide a sus mayores. Que valore la interculturalidad.

 

Una Europa que combata la exclusión, que apueste por los cuidados y por el planeta.

Que retome el liderazgo climático y sitúe el bien común global en el centro.

 

Aún estamos lejos de esa Europa. Pero si trabajamos en red, si superamos los matices que nos separan, estaremos más cerca de conseguirla.

 

Y mientras tanto, que se nos vea en la calle.

Y que se nos vea en la política.

 

JCVV- El Internacionalista convencido

 

 


sábado, 3 de enero de 2026

Estados Unidos ha atacado a Venezuela militarmente tras muchos años de hacerlo por otros medios.

 


Conviene destacar que Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo y es uno de los países líderes de América Latina en reservas de oro. Sin embargo, en los últimos años se ha visto obligada a desprenderse de una parte importante de ese oro para obtener liquidez debido a las sanciones estadounidenses. A ello se suma que el Banco de Inglaterra mantiene retenidas desde hace más de seis años 31 toneladas de oro venezolano.

A esta pérdida de capital hay que añadir las sanciones unilaterales promovidas por Estados Unidos, aplicadas a través del sistema financiero internacional, que mantienen bloqueados desde hace años más de 22.000 millones de dólares pertenecientes al Estado venezolano.

No hay que olvidar que Venezuela es también un país estratégico por sus enormes reservas de minerales esenciales para la tecnología moderna y la transición energética, como el hierro, el coltán, la bauxita, los diamantes, el níquel, el cobre y 17 tierras raras presentes en su territorio. Todo ello no constituye un hecho aislado, sino que forma parte de una estrategia global de dominación y control.

Desde que Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales en diciembre de 1998, con un lenguaje mordaz, directo y popular, logró desbancar a los partidos tradicionales. Enarbolando el soberanismo bolivariano, prometió al pueblo venezolano luchar contra la corrupción y la pobreza, impulsando una nueva Constitución orientada a construir una nueva Venezuela, donde se priorizara la salud y el bienestar de las clases populares, aprovechando los altos precios del petróleo.

A finales de 2004, el gobierno de Hugo Chávez, junto al gobierno de la República de Cuba, puso en marcha el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), como alternativa al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) impulsada por Estados Unidos.

En 2005, Venezuela lanzó Telesur, una plataforma informativa latinoamericana alternativa a CNN, eligiendo una fecha de alto valor simbólico: el 24 de julio, aniversario del nacimiento de Simón Bolívar.

En 2007, el país completó la nacionalización del petróleo, asumiendo el control total de la Faja Petrolífera del Orinoco.

Son precisamente estas y otras acciones soberanistas las que intimidan a un sistema internacional injusto, sustentado históricamente en la esclavitud, la explotación y la colonización de los países del Sur Global.

Ya en 1823, el quinto presidente de Estados Unidos, James Monroe, proclamó la doctrina de “América para los americanos”, advirtiendo a las potencias europeas de que cualquier intento de colonización o intervención en el continente sería considerado un acto hostil contra Estados Unidos. Aunque entonces aún no contaba con una gran capacidad militar, esta se consolidó posteriormente tras arrebatar estratégicamente a España Cuba y Puerto Rico, territorios clave para el control económico y geoestratégico del Caribe.

A comienzos del siglo XX, tras la Revolución Liberal Restauradora, y en el contexto de la guerra civil venezolana, Reino Unido, Alemania e Italia impusieron en 1902 un bloqueo naval para reclamar el pago de deudas y compensaciones. Ante el riesgo de perder su hegemonía regional, Estados Unidos intervino diplomática y militarmente para desplazar a las potencias europeas, asumiendo su papel de “policía internacional” en América Latina.

La Realpolitik sigue plenamente vigente: la economía y el poder militar se sitúan por encima de la ética, la ideología o el derecho internacional. Esto se ha evidenciado con claridad en el genocidio en Palestina, que ha servido como campo de pruebas para medir la reacción de la opinión pública mundial, demostrando que esta no ha sido suficiente para frenar los planes de las grandes potencias. El objetivo final es frenar a China a cualquier precio, aunque ello suponga poner el mundo patas arriba.

Para ello, necesitan también una Europa sumisa y cómplice, dispuesta a endeudarse para atender las exigencias de Estados Unidos, como se ha visto en el marco de la OTAN y la guerra de Ucrania; o, peor aún, dominada por movimientos reaccionarios y ultranacionalistas. De este modo, su maquinaria de guerra queda libre para intervenir en Irán, Venezuela, Nigeria, Cuba, Colombia o Panamá; incluso para plantear la anexión de Groenlandia o la conversión de Canadá en su 51.º Estado. El objetivo es claro: cortocircuitar el mundo.

¿Quién puede creer realmente que lo que preocupa a Occidente es si el presidente Maduro manipuló o no las actas electorales? ¿Qué se puede esperar de un país como Estados Unidos, responsable de cientos de guerras y conflictos internacionales, siempre justificadas en nombre de la democracia, el anticomunismo, la seguridad nacional o la defensa de intereses económicos y estratégicos, tanto mediante intervenciones militares directas como a través de operaciones encubiertas?

¿Y qué cabe esperar de una Europa clasista, incapaz de renunciar a sus viejas aspiraciones coloniales y dependiente de Estados Unidos para mantener un supuesto “privilegio” global, sin haber reparado el saqueo cometido durante 300 años de esclavitud y 200 de colonización?

Mientras tanto, la izquierda mundial ha sido poco estratégica. Observar pasivamente y acercarse al neoliberalismo ha terminado por enredarla en él. Ni siquiera las democracias occidentales han sabido apostar por un nuevo humanismo capaz de alejarnos del capitalismo salvaje o, peor aún, de la barbarie. De poco han servido también las religiones que durante siglos pretendieron dar sentido a la vida mediante una supuesta ética universal.

¿Dónde queda la soberanía de los pueblos, especialmente la de aquellos países estratégicos por sus recursos naturales o su posición geopolítica?

¿Dónde están unas Naciones Unidas capaces de restablecer el orden y la justicia internacional?

Es imprescindible generar movilización frente a la antipolítica, los discursos de odio y la corrupción. Es necesario fortalecer la confianza en una política ética y democrática, que apueste por un nuevo internacionalismo humanista, orientado a traducir el malestar social en propuestas y acciones políticas transformadoras, capaces de frenar el trumpismo y las derivas autoritarias antes de que se consoliden de forma irreversible.

También es fundamental invertir tiempo y energía en la renovación democrática, eliminando burocracias obsoletas e impulsando democracias éticas, no controladas por los poderes económicos ni por las élites, y que garanticen igualdad, oportunidades para todas y todos, justicia, paz y un reparto equitativo de la riqueza.

Debemos buscar puntos de unión y sembrar empatía, alejándonos de la moralina y de la falsa superioridad moral que a veces emerge desde los activismos por el cambio. Es necesario construir alternativas desde la emoción, el cariño y el cuidado mutuo, para que nadie quede atrás.

Necesitamos relatos que nos unan, que nos recuerden que no estamos solos y que somos muchas las personas que creemos que el mundo puede ser diferente.

Para ello, es imprescindible invertir en talento humano, aprovechar la experiencia acumulada —tanto de los aciertos como de los errores— y proponer estrategias claras y viables de acción, generando redes de colaboración multiétnicas, multirreligiosas e intergeneracionales que nos permitan construir alternativas realistas y, de este modo, llegar cada vez más lejos.

JCVV - el Internacionalista convencido

Trump, Cuba y la arrogancia del poder

  Trump presume con arrogancia que será “un gran honor” tomar Cuba: “Puedo hacer lo que quiera con ella”.   Escuchar estas palabras de Don...