viernes, 31 de julio de 2026

La Odisea Saharaui

 

En estos días de calor, mucha gente se refugiará en las salas de cine aprovechando el aire acondicionado. Muchos verán “La Odisea”, la nueva película de Christopher Nolan, que ya ha recaudado más de “700 millones de dólares” en todo el mundo.

La película fue filmada en escenarios de Italia, Grecia, Malta, Escocia, Irlanda y el Sáhara Occidental. Es en este último lugar donde quiero centrar esta peculiar odisea. Parte de la película fue rodada en Dajla, en el Sáhara Occidental: un país ocupado por Marruecos desde hace algo más de cincuenta años.

Tal vez, cuando Nolan decidió rodar allí, no tuvo en cuenta —o ni siquiera sabía— que se trataba de un país ocupado por el Reino de Marruecos y cuyo pueblo lleva medio siglo resistiendo para que se haga justicia. Nolan y su equipo de producción, en su búsqueda de rentabilidad, fueron seducidos por los estratégicos cantos de sirena marroquíes, diseñados para atraer grandes producciones internacionales y turismo, contribuyendo con ello a normalizar y legitimar la ocupación del Sáhara Occidental.

Pero ahora ya no puede decir que lo desconoce. Numerosas organizaciones y personas le han recordado que el Sáhara Occidental continúa ocupado; que el pueblo saharaui vive dividido entre la ocupación, el exilio y los campamentos de personas refugiadas en el desierto argelino; y que nadie pidió permiso a su legítimo pueblo para filmar en su tierra.

Pese a la polémica internacional que se generó con este tema, en los créditos y materiales de prensa de “La Odisea” no se nombra al Sáhara Occidental, sino a Marruecos.

Quizás, después de terminar la película, Nolan podría haber emprendido un viaje a través de los aprendizajes de la literatura homérica. Porque La Odisea no es solo una historia de aventuras; es una profunda reflexión sobre la condición humana. Tal vez, en sus próximos rodajes, decida pedir que lo aten al mástil de su navío para no sucumbir a ciertos cantos de sirena. Y quizá entonces descubra que la mayor enseñanza de Odiseo no fue vencer a sus enemigos, sino vencerse a sí mismo.

Odiseo no logra vencer porque sea el más fuerte. Vence porque aprende a contener su ego y su orgullo; porque aprende a esperar; porque utiliza la inteligencia y la estrategia antes que la fuerza; y porque comprende que la verdadera riqueza no consiste en invadir otros territorios, sino en regresar al propio.

Toda “La Odisea” gira alrededor de una idea profundamente humana: regresar a casa. Ninguna riqueza, ningún poder, ninguna promesa logra apartar a Odiseo de ese objetivo. Ítaca no es solo un espacio geográfico; representa la identidad, la memoria y la dignidad de un pueblo.

Viendo el triunfo y la recaudación de la película, es inevitable para mí pensar en el pueblo saharaui.

Un pueblo que lleva más de cincuenta años intentando regresar a su hogar. Unas personas  que han aprendido a resistir con paciencia y astucia, pese a que la palabra dada por Occidente y por las Naciones Unidas nunca tuvo el valor que merecía.

Hay otra enseñanza de Homero que me recuerda especialmente al pueblo saharaui: la hospitalidad. En la cultura griega era una ley sagrada. Acoger a quien llegaba de lejos, ofrecerle alimento, agua y protección era un deber ético. Los propios compañeros de Odiseo fueron castigados cuando olvidaron esos principios.

Hoy miles de familias saharauis siguen recibiendo con dignidad y hospitalidad a quienes visitan los campamentos de refugiadas y refugiados en el desierto argelino. Quien haya estado allí difícilmente podrá olvidar sus atenciones y la ceremonia de sus deliciosos tres tés. Quizá esa sea una de las mayores lecciones de este pueblo de origen nómada: conservar la humanidad incluso cuando la historia ha sido profundamente injusta con él.

Al final de la adaptación cinematográfica dirigida por Christopher Nolan aparece una reflexión sobre los horrores de la guerra, algo que no aparece en la obra de Homero. Tal vez, para que esas palabras no se queden solo en retórica, las personas responsables de la película podrían dedicar una parte de la millonaria recaudación a impulsar una campaña internacional que ayudara a visibilizar una de las ocupaciones más largas y olvidadas del mundo o, al menos, contribuir al desminado de parte del territorio saharaui.

Se estima que entre siete y diez millones de minas terrestres y artefactos explosivos permanecen esparcidos por el Sáhara Occidental, especialmente a lo largo de la berma, el muro militar marroquí de más de 2.700 kilómetros.

No debemos olvidar que el pueblo saharaui aceptó abandonar la lucha armada en 1991 porque Naciones Unidas y la comunidad internacional le prometieron un referéndum de autodeterminación. En 2020, tras décadas de espera, acoso e incumplimientos, el Frente Polisario dio por roto el alto el fuego.

Al pueblo saharaui se le ha exigido una paciencia infinita, mientras que al Reino de Marruecos no se le ha exigido prácticamente nada. Las y los saharauis han cumplido. Han esperado treinta años más que Penélope y mucho más que el propio Odiseo. Pero, a diferencia de ellos, siguen sin poder regresar a su hogar.

Son ya más de cincuenta años de traición, resistiendo y esperando que la comunidad internacional cumpla su palabra. Esperando un referéndum que nunca llega.

Para la mayoría de las personas que vean esta película será una tarde más de entretenimiento. Probablemente desconocerán que las arenas bañadas por el Atlántico que aparecen en la pantalla forman parte de un país ocupado por Marruecos. Y eso no es casualidad. Hay causas y pueblos que siguen siendo invisibles.

Para el pueblo saharaui, en cambio, será un recordatorio más de que su verdadera odisea continúa. De que, en demasiadas ocasiones, la realpolitik pesa más que la justicia, el derecho y la ética.

“Si veinte años de espera bastaron para convertir a Odiseo en el símbolo universal del regreso al hogar, ¿qué nombre merece un pueblo que lleva más de cincuenta esperando volver al suyo?”.


JCVV - El Internacionalista convencido 

jueves, 30 de julio de 2026

Preguntas, en una noche de calor y fuego.



Esta noche he dado muchas vueltas en la cama. No podía dormir. El calor se ha metido en nuestras casas, en las calles, en los  bosques y en nuestros cuerpos.

Mientras intentaba conciliar el sueño, no dejaba de pensar en las personas que, en estos momentos, están luchando contra los enormes incendios que asolan la península. Mujeres y hombres que arriesgan su vida para proteger a otras personas, a los animales y a la propia naturaleza.

También pensaba, en el silencio de la noche, en quienes incendian la convivencia con sus discursos de odio. Porque hay fuegos que arrasan los bosques y otros que consumen lentamente a la sociedad. Ambos son igual de peligrosos.

No podía dejar de pensar en lo importante que es el agua: para calmar la sed, para refrescar nuestros cuerpos y para apagar esos gigantescos incendios que están devorando miles de hectáreas. Y, al mismo tiempo, me preguntaba por ese 5 % del PIB que algunos quieren destinar al gasto militar. Si realmente hacen falta aviones, que sean para combatir el fuego y proteger la vida, no para hacer la guerra. Si hacen falta equipos, que sean para proteger los bosques y la biodiversidad que los habita.

Pensaba en quienes lo han perdido todo. En las personas que jamás volverán a contemplar el verde paisaje que conocían hace apenas unos días. En quienes han visto desaparecer su hogar, sus recuerdos y parte de su historia bajo las llamas.

Pensaba también en la importancia de estar preparados, unidas y unidos, ante las situaciones difíciles. Y volvía a preguntarme por esos responsables políticos que alimentan la confrontación en lugar de buscar soluciones. Resulta difícil imaginar a quienes siembran odio empuñando una manguera para sofocar un incendio. En cambio, sí puedo imaginar a miles de personas anónimas, solidarias y dispuestas, luchando codo con codo contra el fuego.

Brindo por ellas. Por quienes, de día y de noche, salen a enfrentarse a las llamas con una generosidad más grande que el mayor de los incendios. Por sus familias, que esperan con angustia su regreso. Por quienes, en cualquier momento, pueden quedar rodeados por el humo y por un fuego letal. Sus gotas de sudor refrescan nuestros corazones.

Pero apagar incendios no basta. También debemos prevenirlos.

Si cuidáramos mejor los bosques y el entorno, muchos de estos desastres podrían evitarse. Si fuéramos realmente conscientes de que nuestro modelo de vida está acelerando un cambio climático cada vez más devastador, quizá seríamos capaces de actuar antes de que sea demasiado tarde.

Mientras unas personas disfrutan de sus vacaciones, otras arriesgan su vida apagando incendios. Mientras unas buscan desesperadamente agua para contener las llamas, otras llenan piscinas sin pensar que el agua empieza a ser un bien cada vez más escaso.

Mientras unas acumulan riqueza y poder, otras derrochan compromiso y solidaridad.

Estos fuegos aterradores no pueden ser el futuro.

Los seres humanos tienen que aprender a cuidar la naturaleza como cuidamos aquello de lo que depende nuestra propia vida.

Porque, si no lo hacemos, los incendios de este verano no serán una excepción: serán el anticipo de un mundo cada vez más caliente, más seco y más difícil de habitar.

¿Seremos capaces de apagar, al mismo tiempo, los incendios de los bosques y los del odio?

¿Seremos capaces de regar la vida?


JCVV El internacionalista convencido